Juan Bosco Cuadra
El domingo 24 de abril pasado, LA PRENSA publicó otro artículo de Mario Vargas Llosa titulado “El espectáculo más grande del mundo”. Como era de esperarse, las opiniones vertidas en ese artículo son una continuación a otro, del mismo autor titulado “El condón y la Iglesia Católica”.
Mi reacción a estos escritos de Vargas Llosa es justificada por las siguientes razones: en primer lugar, me toca a lo más íntimo de mi religiosidad cristiana y católica, y en segundo lugar, las opiniones de un intelectual de esta categoría no deben quedarse sin ser, a su vez, comentadas y combatidas.
Encuentro en ellas, además de un mal sabor literario y una ignorancia filosófica y teológica, unas contradicciones que aún no puedo digerir. ¿Cómo es posible que un intelectual de esa categoría no vea lo que el mismo está a su vez, ensalzando?
Al final del artículo se declara no creyente. E incluso llega a decir que “los asuntos del otro mundo me han tenido siempre sin cuidado”. Pero lo peor, es como concluye: “En éste (Juan Pablo II), me temo que hayan dejado algo maltrecha a la cultura de la libertad”. Quizás, del “libertinaje”, diríamos nosotros.
Hay que destacar, en primer lugar, su posición ultra liberal sobre la democracia, una posición, que el día de hoy, es mantenida por pocos (los que ostentan el poder) y defendida por una u otra cabeza como la de Vargas Llosa.
Lo que él quiere específicamente es lo siguiente: la aprobación oficial del uso del condón, el reconocimiento de las minorías homosexuales, y la despenalización del aborto.
Como si estos temas fueran la base o el fundamento para que la Iglesia Católica sea “aceptada” por la “gran mayoría” de los libres pensadores que abundan por doquier, y que, entre ellos está el mismo Mario Vargas Llosa.
Lo más “cómico” de su artículo, o mejor dicho, lo más “trágico”, es reconocer que la figura de Juan Pablo II eclipsó a toda el ala izquierda ideológica de la Iglesia. Literalmente dice: “La Teología de la Liberación está liquidada y los que todavía la pregonan a voz en cuello, como Leonardo Boff, o los teólogos críticos y pugnaces de la línea oficial vaticana, como Hans Küng, hacen más ruido fuera que dentro de la Iglesia, donde su influencia, por obra del Papa fallecido parece declinante y acaso extinguida”. “Cómico” porque reconoce que la fuerza de la tradición ha probado ser más moderna que estas teologías de moda y “trágico” porque no es capaz (Vargas Llosa) de reconocer esta perenne actualidad del magisterio de la Iglesia.
Una influencia doctrinaria y apostólica tan poderosa como la de Karol Wojtyla debió hacer pensar a Vargas Llosa antes de considerarlo “anacrónico” simplemente sobre el hecho de no aceptar (el Papa) los nuevos postulados inmorales de la “postmodernidad”.
Y termina diciendo: “¿Cómo explicar que un Papa de sesgo tan inequivocadamente antimoderno sea llorado, venerado y añorado por tantos hombres y mujeres, dentro y fuera de la Iglesia Católica?” Y el mismo contesta: “Porque en el país de los ciegos, el tuerto es rey”.
De modo que Vargas Llosa sí ve. O más bien diremos que , ¿es él el único ciego que ha contemplado el espectáculo más grande del mundo? Definitivamente que Mario Vargas Llosa confunde su imaginación literaria con la realidad histórica. Los grandes cambios de la humanidad se producen, o bien por grandes personajes, o bien por la fuerza pujante e invencible de la verdad que éstos han vivido, predicado y defendido hasta la muerte.
¡Viva el Papa Juan Pablo II “El Grande”!
El autor es filósofo nicaragüense.