Ana del Corazónde Jesús ZavalaCuadra—
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Los tres servicios del Papa
Ana del Corazónde Jesús ZavalaCuadra—
Un día, hablando el Santo Padre en italiano y siendo todavía un hombre fuerte y de figura esbelta, dijo que su servicio era rezar y tener unas cuantas iniciativas en el llevar la fe a toda la gente. Luego añadió un tercero —¡no menos importante!—: sufrir. El que así hablaba era aquel hombre lleno de vida, capaz de dialogar con multitudes, pero que desde niño supo del dolor humano de perder a su madre a los 9 años y poco después a su hermano; supo del dolor humano de la soledad bajo regímenes totalitarios.
Tantas veces, a lo largo de su pontificado, lo vi, por televisión, rezar de rodillas en sus visitas a diversos países, lo vi bajar la cabeza, cerrar los ojos y apoyar su frente sobre su báculo de la Cruz.
Tantas veces lo vi tomar iniciativa dando razón de su fe ante una multitud que daba gritos en sentido adverso. Lo oí levantar la voz con sentido de autoridad llamando a las cosas por su nombre.
Tantas veces el Pastor supremo, sin cansarse, luchando por sacar al ser humano de error, por librar al individuo de la alineación, por levantar a la persona de la caída… tantas iniciativas en sus cartas encíclicas porque estaba convencido que el ser humano es el camino, hecho para conocer quién es, de dónde viene y a dónde va.
Sus iniciativas eran en alianza con Aquél que lo hizo, eran en unión y acuerdo con su Señor. Dios y Él, el Papa y Dios juntos en liga y acuerdo eterno. Juntos. Qué bien trabajaban: las iniciativas del Papa eran órdenes de Dios a la historia. Y las iniciativas de Dios eran órdenes de Dios en su ser y existencia personal como hombre.
Y lo vimos débil, con dificultad en el caminar, con un hablar pesado, con fatiga en la respiración. Lo vimos doblado pero firme. Era el apogeo del sufrimiento redentor, era aquel completar de San Pablo lo que falta a la pasión de Jesucristo.
Por eso cuando estaba en el hospital pedía lo llevaran a la ventana. Cuando era normal que lo llevaran a cuidados intensivos prefiere quedarse en su cuarto del Vaticano. Allí, desde su cama, oía los cantos del pueblo fiel. Oía y pedía lo llevaran a la ventana un momento. Y su brazo extendido en alto, tanto cuanto podía, era un signo de la promesa: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin…”
Sí, hasta el fin del mundo. ¡Qué bien entendemos los católicos que un romano Pontífice no renuncia! Deja su servicio cuando el Señor lo llama. Por eso el pueblo con fe aplaude ante el paso de su cuerpo ya sin vida: la fe causa el aplauso. La fe en la resurrección aunque por los ojos corran lágrimas por su partida momentánea.
La autora es religiosa