En la Semana Santa, ¡venid a León!

Iván de Jesús Pereira

A mis hijos: Alma Elisa Matilde, Henry Simón, Felipe de Jesús, Andrés Miguel Hilario, Vida Victoria de los Ángeles.

Semana Santa en León, Corpus en Guatemala, era la antigua expresión que desde los tiempos de la Colonia simbolizaba lo apoteósico de las fiestas de la Pasión en la vieja Metrópoli.

Domingo de Ramos, con la procesión del Señor del Triunfo o de la burrita, como la gente popularmente lo llamaba. Saliendo muy de mañana de la Iglesia de Sutiaba, con su sombrero de alas convexas, vestido de púrpura, y con sus colochos de pelo natural, negros, de Nazareno, almidonados. Aunque ya no lleva la cabellera de doña Josefa Barrueta de Pineda que inmortalizase Gustavo A. Prado en sus Leyendas coloniales, luce ¡bellísimo!

La imagen, una de las más antiguas de la ciudad, es de bulto y gonces, montada en un burrito que nos recuerda a Platero, “pequeño, peludo, suave” de Juan Ramón Jiménez; lleva en la mano la palma. ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (Marcos 11-10).

Es la misma procesión que describe Darío en su autobiografía: “Del centro de uno de los arcos en la esquina de mi casa, pendía una granada dorada. Cuando pasaba la procesión del Señor del Triunfo, el Domingo de Ramos, la granada se abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No he podido recordar ninguno… pero sí sé que eran versos, versos brotados instintivamente”.

Lunes Santos, cinco de la mañana, la Iglesia de San Felipe se viste de gala, su procesión de la Reseña, con el Nazareno más bello de todos los que yo he conocido, traído desde Guatemala, ángeles, apóstoles, las tres María: María Magdalena, María Madre de Cleofá y María Salomé; la Dolorosa, con su rostro congestionado por el sufrimiento. En el pecho el puñal que atraviesa su corazón de madre. En su mirada, parece transmitirnos las palabras del hijo: “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. (Juan 19-26).

Esa misma tarde, la ciudad se paraliza. De todos los barrios la gente empieza a salir vestida de cotona blanca, en el brazo un cintillo negro, y en la cabeza un pañuelo blanco; van vestidos de luz, los promesantes a la procesión de San Benito de Palermo, el negrito hermano franciscano que tantos milagros prodiga a la feligresía leonesa, “el amigo de los enfermos y de los afligidos” como lo describiese Juan de Dios Vanegas.

Barrer la iglesia, repartir chicha, caminar de rodillas en medio del templo o del recorrido de la procesión, son algunas expresiones de esta devoción popular. Mi maestro Edgardo Buitrago nos enseña que en ella es donde más se mezcla lo español y lo indiano. Buitrago señala que Fernando de Oviedo destaca que nuestros aborígenes practicaban la confesión con los hombres más viejos. Penitencia, barrer el templo o servir de luz para iluminar sus deidades, mezclados con los caperuza españoles que desde Sevilla hemos visto reproducirse en Guatemala o Ecuador, toma su expresión en León, con la única diferencia que el calor sofocante de la provincia los obligó a despreciar el morado y escogieron el blanco, elementos éstos que componen la esencia de esta suprema devoción popular en donde el sincretismo se entroniza y flamea.

Un mundo de candelas negras ilumina las calles y detrás de la imagen, de rodillas del santo penitente, un Jesús en la cruz cierra la procesión como para recordarnos aquellas sus palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23-33).

Martes Santo, siete de la noche, nuevamente San Felipe: pero esta vez con uno de los cristos crucificados que reflejan toda la pasión, el Señor de las Ánimas, como lo llaman los sanfelipeños, la imagen recoge con exactitud aquel terrible momento “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 24-46) y al decir estas palabras expiró. ¡Venid a León y ved al crucificado en el Señor de las Ánimas de San Felipe! ¡Venid a León y empapaos con la pasión! Sevilla se vino a la provincia, y las imágenes policromadas de la vieja España salen a relucir.

“España poco a poco, en detalle, al dedillo, al menudeo con minuciosidad enamorada, de mar a mar, de paisaje en paisaje, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, casa por casa, nombre por nombre, libro por libro, hoja por hoja, línea por línea, palabra por palabra, letra por letra, pero de par en par día a día”.

Hoy la tecnología moderna nos regala la versión al mundo sajón de Mel Gibson, sobre la Pasión, pero en la penumbra de la incipiente Colonia, estas imágenes, estos misterios le enseñaban al pueblo analfabeto, de forma visual, directa, casi como una gran obra de teatro o más parecido a un Auto Sacramental todo lo que encierra el evangelio. El pueblo asistía a las procesiones, no sólo para mirar, sino para aprender maneras, vestidos, formas de comportamiento. El pueblo se envolvía en la maravilla de la liturgia católica y todos juntos desde el más alto de la pirámide social hasta el más humilde campesino participaba y hacían suya la Semana Santa. Nuestro cristianismo nació en los crucifijos, en medio de la sangre de la Pasión se formó nuestra nacionalidad, nuestra estructura de pueblo, nuestra identidad.

Miércoles Santo, ahora nos trasladamos a la pequeña ermita de San Sebastián, la imagen traída desde Ecuador por doña Joaquina Arrechavala, hija del famoso Coronel Arrechavala va a ser el centro de la celebración este día.

Jueves Santo, la Semana Santa llega a su clímax, la Misa Crismal, desvirtuada en Nicaragua (litúrgicamente exclusiva del clero), en donde el rito de la bendición de los óleos es llevado a cabo por el obispo. Oleum Cathecumenorum (para los bautizos). Oleum infinemurum (para dar el Santo Crisma a los enfermos). Oleum Sanctus Chrismas (que sirve para las consagraciones).

El lavado de pies, efectuado por el Obispo nos recuerda la Última Cena, y el evangelista nos dirá: “Se levantó mientras cenaba, se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente. Luego se puso a lavarles los pies a sus discípulos y se los secaba con la toalla” (Juan 13- 4-5). La ceremonia termina colocando un crucifijo envuelto en paños morados en el piso de la iglesia. “El Señor está en el suelo”.

Visita a todas las iglesias para contemplar los monumentos. Jesús Sacramentado, expuesto en la custodia para ser adorado, adornado de cocos, jilinjoche, azúcelas y calas traídas desde Matagalpa.

Olor de simarras, de guirnaldas, de flores de sacuanjoche, de corozos y de palmas. Pero también olor de chicha, de horchata, de semilla de jícaro, de jocote cocido, de raspado de frutas, y de terrones de maíz con miel de dulce de rapadura. El paladar se apetece con la sopa de queso, sin faltar en la mesa las tortitas de sardina, el pescado frito, los huevos de paslamas y las iguanas, las tortugas. Viene el curbasá con jocotes, marañones, nancites y mangos; y qué decir de la deliciosa cusnaca.

Por la noche la más radiante de las procesiones, el Lignum Crucis, en la cúspide del anda en medio de ángeles vivos, se alza una pequeña cruz de oro, que contiene una muestra de la verdadera cruz que cargara el Nazareno. Verdadera joya de la Catedral leonesa.

¡Venid a León! Oiréis en esta procesión, tocar el Vesilla Regis, himno a la cruz escrito en los siglos IV o V por el obispo Fortunato de Potier. Y cuya música que oímos es la versión del maestro José María Santamaría Chibola. ¡Venid a León!

Una explosión de Vía Crucis es el Viernes, contemplad “los Cristos lacios y sanguinosos” como diría Azorín, empezad muy de mañana en la pequeña Ermita de Dolores, cargado de simarras sale el Vía Crucis, se dirige a San Felipe, al llegar lo está esperando el de esta Iglesia que termina en San Juan. A las diez el de Zaragoza que concluye en la Recolección y a esa misma hora el de Sutiaba para terminar en medio del calcinante sol en le Vía Crucis de San Francisco.

Por la tarde la más solemne de las procesiones, el Santo Entierro de Catedral, los canónigos desfilan con sus negras colas, damas y caballeros vestidos de negro, una urna rodeada de querubines, bañada en pan de oro contiene la sagrada imagen del crucificado, dolor, dolor y más dolor.

Por la noche San Juan y Sutiaba en esta últimas podréis apreciar las alfombras de aserrín y los policromados de papelillo. ¡Venid a León!

Sábado Santo, la vuelta dolorosa de Catedral y San Felipe, terminando con la quema del judío. Y al llegar el domingo, un grito de alegría resuena en los ambientes, las palabras de María Magdalena nos anuncian el gran suceso “Rabóní” que en hebreo significan “maestro mío”( Juan 20-10) El Señor ha resucitado.

De todos los puntos de la ciudad resuenan las campanas, desde la banca del parque las oigo y sólo recuerdo a Mariano Fiallos: “En León todo es campana. Sonidos de campanas de todos los tonos filtrándose en todos los rincones. Desde los salones de los señores, hasta los cuartuchos de los desamparados. En la alcoba nupcial, en la celda de la monja, en el cuarto de la solterona, todo es sonido de campanas en la noche o en el día. Vacante para los muertos ilustres, dobles para la escala jerárquica, según la liturgia; vísperas, colocaciones, bautizos, confirmaciones, maitines, toques de rebato o incendio. Campanas para recordar que hemos de morir, campanas para recordar nuestras obligaciones, campanas para acostarse, para levantarse, para comer, para beber, para rezar…

El autor es abogado

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