Los días de sagrada historia

Joaquín Absalón Pastora

Se siente en el ambiente la dislocación de la rutina. Son los calores espirituales de Semana Santa que lo sacan a uno de casa, es la búsqueda y el encuentro con las aguas donde la piedad también pone una mejilla, aunque el amor sea arenero y profano.

No obstante siempre será una excelente anfitriona de la reflexión. Cada año se asiste al análisis de la conducta cristiana. En unos casos Cristo queda sólo justificando al filósofo incrédulo: “El único cristiano es Cristo”. En otros, el martirio tiene compañía.

¿ Por qué razón la vértebra de la pureza fue sacrificada? es la pregunta que hace rondallas en la mesa del debate donde se sigue hablando del proceso de la cruz.

Esta vez la Semana Santa no tiene Papa activo. Podrá estar —si acaso— en los proscenios habituales pero con el verbo litúrgico en la ausencia. No habrá —probablemente— aquella calistenia de la humildad de inclinarse como lo ha hecho con “el lavado de los pies”, inhibido de cargar la cruz en las estaciones. Él también está transido de dolor. Los cirineos serán los cardenales. Por primera vez —creo— asumirán un desempeño colectivo en nombre de quien ha sido por tradición y afirmación de la individualidad la figura casi unigénita de la liturgia vaticana.

Me pregunto: por qué no abdica y descansa. Y la respuesta puede ser “es que está comprometido con el sacrificio”, aunque para los escépticos y los palillones de la teoría de la liberación, todo se reduce a que no quiere dejar el poder.

Mientras tanto unos van a la ruptura del tedio, al abandono de “la mano de obra” o a la Iglesia para ponerse sinceros con el padecimiento, en este hogaño los que pueden lamen las computadoras, entierran sus ojos en la pantalla prendida y así, no dejándose tentar por los colochos del mar ni por la supuesta mansedumbre de los ríos, se quedan en sus casas. Son los navegantes modernos “chateando” cuando Cristo vuelve a morir en la cruz, tal vez un nuevo rostro dibujado por el pincel tecnológico, con el patrocinio hechizante y absorbente de la primicias.

Viene al recuerdo esa tendencia porque no hace poco se juntaron retazos, hallazgos de “última hora”, identificados con los trazos del auténtico perfil judío para conformar el verdadero según la versión “internetista”, travesura científica contrapuesta con la dulzura que se ha enseñado desde la niñez de pretéritas generaciones. Los pobres, navegantes de otros lados, cerca de las piedras de los ríos, no lo saben. Están al margen de la hipótesis.

Me quedo “chapodando” con las manos de la anterioridad. La Semana Santa no es tradición de vacaciones. Es la conmovedora historia contada en siete días, es algo así —en otra escena— como un recurso espiritual de la provincia donde los espontáneos se acercan a los “campos santos” a orar o cantar con el valimento de la fe, cubiertos por el techo nostálgico de las nubes.

Muchas de esas humildes tradiciones están encendidas en los países pobres de la tierra, en la ruralidad no invadida por las perlas sonoras de la máquina. La Pasión de Cristo se viene a la memoria cuando la luna está llena, cuando mejor promueve su luz. El planeta está más encendido que nunca cuando Cristo ora en el Monte de los Olivos o cena con sus “correligionarios” en la doctrina. En ese combinado ambiente de luz y de verano trasciende Semana Santa, la Semana Mayor. Una tradición viviente aunque paulatinamente mengue en su fortaleza original. ¿Podrán morir dos mil cinco años? No. No pueden morir.

El autor es periodista

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