Joaquín Absalón Pastora*
Roman, Times, serif»>
El sufrimiento del Papa
Joaquín Absalón Pastora*
La lumbre disminuye su tono en el Vaticano. La alta concavidad esparce su melancolía. El paciente del Gemelli entra y sale alternando la estancia entre las cumbres espirituales de San Pedro y el aposento emergente en el décimo piso más mencionado del planeta. Están firmes y no se han roto los cristales de la esperanza. En ellos se alza la plegaria por la salud de Juan Pablo II. Es la oración ecuménica de todos los votos aunque provengan de distintas religiones porque el habitante de la cama donde la ciencia hace todo lo posible por prolongar su vida y la cronología excepcional de su papado, es un símbolo de la unidad, paradigma viviente de la identidad igualitaria confirmada por una reciente frase, célebre desde que nació: “Somos ciudadanos del mundo” con la cual restó vanidad al orgullo por la aldea o el patio excesivamente queridos.
Fervorosas son las imágenes vivas de los peregrinos —también dolientes— que llegan de otras partes a olfatear el dolor del Pontífice desde los umbrales de su estación.
No será ésta la última declinación. Faltan tantas otras en el sonido eterno de la marcha fúnebre. Juan Pablo II ha oído ya su “réquiem” bajo el influjo de las ceremonias del crepúsculo. Su “yo” puede ser el ungido siguiente, queriendo que sea como él en la continuidad de los pasos iniciados con audacia y viajera y la inquietud de conocer las cosas del orbe, distantes de la Basílica.
Cuando comienzan a murmurar las resoluciones no menciona con extroversión trascendente el nombre de su heredero dejando esa potestad a quienes conocen su estilo.
Las manos fueron generosas en su movimiento para transitar sobre las cuatro páginas de su célebre legado, su idioma la claraboya instrumental y su conciencia la certeza de sentirse en las manos de su inmenso superior, la voz que oyó cuando plasmábase el fondo irreductible de su voluntad soberana. Pensando en morir y en vivir.
Cómo no iba a recordar la frase pronunciada por Cristo en el Calvario: “Ahí tienes a tu madre”. Y cómo no iba a recapitular la escena cuando según su sostenido criterio, la Virgen en ocasión de la celebración de su efemérides de aparición le salvó la vida, un 13 de mayo de 1981. Y cómo no la iba a rememorar cuando el “puer” en plenitud de crianza recibió la infausta noticia de la muerte de su hacedora personal.
El amor está en la visita que el Papa hizo a casi todos los santuarios del globo. Amor también dado antes de viajar a Israel en el acto de pedir perdón por el mutis papal en la Segunda Guerra Mundial al sufrir el prójimo inocente —por ser judío— mutilación y exterminio.
Aquél “nunca más” convirtió al romero del Vaticano en pecador rompiendo la polémica infalibilidad. Se sintió como el rebaño yaciendo en la llanura, como el culpable sin tener la culpa.
¿Será la muerte la visita trascendente más próxima? ¿Qué ocurrirá cuando esté tendido sobre la tierra a la que vamos todos? Hoy personifica al sufrimiento, más común el padecimiento que la alegría en el amorfo ánimo de este mundo.
Mañana —no preciso pero inevitable— Juan Pablo II recibirá el auge de las flores que él sembró en el tallo fecundo de su misión.
* El autor es periodista