Más historias de mi Granada

Uriel Cuadra Argüello

Bajé del Mombacho y me dirigí al muelle del Gran Lago Cocibolca. El espectáculo del paisaje es como una tarjeta postal. En la actualidad los psiquiatras lo usan como una terapia. Bañado por los vientos que vienen de Zapatera, éstos evocan el recuerdo y es así que puedes citarlos en algunas anécdotas del ayer.

Dicen que don Valeriano Torres procreó ciento diez hijos. Un día, al pasar por Juigalpa le salió al encuentro una niña de 7 años y le dijo: “Adiós papá”. Intrigado él le preguntó: ¿Porqué me dices papá? Porque así es. Él, preocupado, volvió a preguntar: ¿Quién es tu mamá? Y la niña le respondió: La Petrona. Cabizbajo, Valeriano meditó: la Petrona, la Petrona. —Dime niña, ¿qué edad tienes ahora? — Siete, papá, contestó ella. Creo que tienes razón, hace como ocho años pasé por este lugar.

A él le decían “cutacha en mano”. Gracias a estos poderosos vientos los recuerdos van en aumento. El padre Simón, cura de La Merced, era un poco escaso de materia gris y desde el púlpito repetía: “No traigan animales a la Iglesia, vienen con el poco de perros y éstos salen como alforjas, esas son las cosas que arrechan a su señoría”.

Del Mico Ubago abundaban las historias. En la puerta principal de La Merced siempre estaban dos ciegos pidiendo su limosna a los feligreses. Llegando el Mico y le decía a uno de ellos. Aquí te dejo veinticinco “bollos”, le das la mitad a tu colega. Nunca les dio nada, los cieguitos se mentaban la madre reclamando su mitad, y con sus bastones emprendían una lucha. Ésta era una piñata sin tinaja y sin lucro.

Siempre del Mico, en el Colegio Centroamérica, había un hermano de la congregación ya bastante mayor que con una vara especial para el caso, encendía las candelas, cortaba las candelas de la capilla. A éste le decían “Urraquita”; le era imposible lograr su cometido, pues el Mico les había cortado las velas.

La Cunuy, excelente cantina por sus buenas bocas, tenía una pila llena de pescado y uno elegía el que quería. Cuando Pablito Cuadra Jr., e se fue el lugar de la celebración, y ya entre pecho y espada algunas lágrimas de la caña oriunda de San Antonio, los metieron a la pila. Todos los peces se murieron. ¿Por qué? Misterios de la Sultana, la pluma tiene ganas de seguir pero el espacio la detiene, y además el viento ha amainado, lo cual no deja de influir en mi memoria borrando momentáneamente parte del recuerdo, ya que éste es el vivir del ayer completamente de una vida alegre y sana que todos tenemos que tratar de encontrar, no dejando que se pierda en el inmenso espacio del tiempo que sólo el calendario lo puede destruir.

Creo que con ello encontré la felicidad, o sea la suma de tranquilidad, más la aceptación gustosa de todo lo que me rodea, lo cual me mantiene con una sonrisa constante, no en los labios, sino en la parte más alta que el ser humano tiene, el cerebro que es la reproducción del macrocosmo que se encuentra en la ruta del más allá.

El autor es escritor granadino

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