¡No más impuestos! Encojan el Estado

Francisco X. Aguirre Sacasa*

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¡No más impuestos! Encojan el Estado


Francisco X. Aguirre Sacasa*




De nuevo se está hablando de “reformas tributarias”. Para los que no son entendidos en la materia, esto es un eufemismo para subir los impuestos. Escuchamos esta frase en los noticieros de televisión y de radio y la leemos en los periódicos. Y cada vez se menciona más y más en las tertulias y reuniones que celebran los hombres y mujeres de empresa de Nicaragua.

Durante los tres primeros años del Gobierno actual, Nicaragua experimentó varias “reformas tributarias”. Gracias a estas reformas o alzas de impuestos —nos explican los economistas del Gobierno— logramos un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que ha facilitado el financiamiento externo para nuestro empobrecido país, estabilizamos nuestras finanzas públicas y alcanzamos la condonación de la deuda externa a través del HIPC.

Todo esto puede ser cierto, pero es sólo una cara de la moneda. ¿Cuál es la otra? Para entender mejor la problemática socioeconómica nacional, examinemos algunos principios básicos de la economía y, posteriormente, el impacto de estas reformas en nuestra economía y en el clima de inversión que es crucial para el despegue de Nicaragua.

En primer lugar, está ampliamente comprobado que hay una relación inversa entre la carga impositiva de un país y su desempeño económico. Dicho de otra manera, países con impuestos altos suelen crecer más lentamente que aquéllos que los tienen bajos. Es por eso, por ejemplo, que naciones desarrolladas como Estados Unidos bajan sus impuestos cuando se encuentran en recesiones para estimular su reactivación económica.

También se sabe que un nivel de impuestos razonables suele traducirse en recaudaciones más fuertes para el fisco. ¿Cómo se explica esta paradoja? Es sencillísimo. Impuestos moderados estimulan el crecimiento, y entre más rápido crece una economía, más impuestos genera sin elevar las tasas impositivas. Por otro lado, entre más onerosos son los impuestos, más incentivo hay para evadirlos.

Ahora bien, apliquemos esta teoría al caso de Nicaragua. Es bien sabido que nuestra Patria es la segunda más pobre del continente americano. Pero menos conocido es el hecho que somos uno de los campeones mundiales en impuestos. Para muestra algunos botones: nuestro IVA (15 por ciento) es el más alto de Centroamérica y quizás el más alto de Latinoamérica. También tenemos uno de los impuestos más elevados —sino el más alto del continente— para la transferencia de bienes inmuebles: cuatro por ciento. Y los 32 dólares que pagamos cada vez que salimos del Aeropuerto Internacional de Managua es el más alto que conozco.

Puedo continuar. Pagamos impuestos para los derivados de petróleo que están bien por encima de lo que se paga, por ejemplo, en Estados Unidos a pesar de que ese país es mucho más rico que Nicaragua y que sus ciudadanos pueden hacerle frente más fácilmente a estos impuestos. Y nuestros aranceles aduaneros también son altísimos.

Estoy convencido que la elevada carga fiscal que pesa sobre nuestra economía está frenando el crecimiento económico acelerado que es la única manera de escaparnos de la pobreza que tanto nos apremia. Es más, sostengo que esta carga ha contribuido al pobre desempeño de nuestra economía durante los tres últimos años.

¿Cuál pobre desempeño se preguntan? Pues según datos del propio Banco Central, en el período 2002-2004 la economía de Nicaragua alcanzó un crecimiento promedio de 2.5 por ciento. Este ritmo está bien por debajo del crecimiento promedio durante los cuatro años 1998-2001, que fue cinco por ciento. Además, no alcanzó ni siquiera al crecimiento demográfico que Nicaragua experimentó durante los tres últimos años. En otras palabras, nuestro ingreso per cápita está más bajo ahora que, por ejemplo, en el 2000. ¡Con razón nos sentimos más pobres ahora que hace algunos años!

Por otro lado, las repetidas “reformas fiscales” que Nicaragua ha vivido han creado turbulencia en el sector privado grande, mediano y pequeño. Cada reforma constituye un cambio en las reglas de juego y afecta negativamente al clima de inversiones de nuestro país. El nivel de impuestos también perjudica la competitividad de Nicaragua en un mundo cada vez más interconectado y más competitivo.

No quiero que me vayan a mal interpretar. Estoy clarísimo que Nicaragua tiene que reducir su déficit fiscal para no salir del programa que negoció con el FMI y para no desatar una ola inflacionaria. Pero lo que sí estoy abogando es que esto se debe lograr disminuyendo el tamaño del aparato estatal y eliminando gastos recurrentes innecesarios, y no penalizando a la población y a nuestros empresarios y productores —quienes son los verdaderos generadores del empleo y la riqueza— con más impuestos.

Ojalá los funcionarios internacionales y del Gobierno que están negociando el programa económico de Nicaragua con el FMI —al igual que los diputados que tendrán que aprobar las nuevas “reformas fiscales” —comprendan estas tremendas realidades.

* El autor es economista, trabajó por 28 años en el Banco Mundial y fue Canciller de la República

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