Una bala con odio y con saña

César Augusto Bravo Vargas

El CSE, la Suprema y muy particularmente los diputados, con sus actos están expandiendo las fronteras de la desvergüenza. Cuando se repartieron los poderes del Estado, apenas empezaban. Para establecer los nuevos límites del cinismo-político, ante los ojos de la OEA y bajo la mirada atónita de los nicaragüenses, optaron por repartirse tres alcaldías. Y por si faltaba, terminan de atar de pies y manos al Presidente, con su tal “sistema parlamentarista”. Pero los límites no llegan hasta ahí, pues ahora quieren ponerle bozal a la libertad de expresión. Los tres poderes del Estado más corruptos jamás se pondrán a la altura de nuestros problemas.

Ante tales sinvergüenzadas veo difícil que se aplique justicia en el caso de María José Bravo Sánchez (1978-2004), asesinada por un matón liberal. Cuando pienso en este crimen me imagino a María José conversando con la bala que la convirtió, de periodista y madre soltera, a despojo humano, en el siguiente entorno:

La mirada de la bala, que encarna el odio y la saña de Hernández, se posa sobre la mirada extenuada de la periodista, quien exhibe un rostro cansado por la longevidad de la espera. En el interior del recinto electoral, la historia que ella persigue se está fraguando, la burla hacia un pueblo elector es inminente, sólo hay que esperar que los cuapeños y tomasinos desistan de su protesta para que el CSE dé otra muestra más de descaro. La periodista se percatan que sobre ella se posa una mirada mortal… en la eternidad de ese instante, la frágil figura recorre su vida de 26 años. Luego piensa en las personas que dependen de su trabajo. Un hijo, una madre y una hermana son razones poderosas para no morir. —¡No me mates bala! Por favor no lo hagas que mi hijo y mi madre me necesitan!—, dijo, mientras el profundo dolor llevaba sus delgadas manos a rasgarse el rostro. La bala verduga no baja la intensidad de su mirada, ni da muestras de clemencia. —Yo no puedo perdonarte, Hernández tiene el odio que yo necesito para asesinarte, él nació con un vacío en su corazón que sólo lo llena el daño que le pueda causar a los que se interponen en sus ambiciones — dijo la bala sin inmutarse. Impotente ante la misión de la bala y tras un rechinar de dientes, la periodista entre llanto y balbuceos inexpresables le dice:

—¡Bala, tú no te das cuenta que si me matas no podrás hacerme sufrir, los muertos no conocen el dolor. La vida que vive en mí, no es para mí, es para los seres que de mí dependen. Piénsalo bala, el sufrimiento de ellos no logrará que Hernández llegue a la diputación por la que vive.

—Matando —le responde la bala— Hernández toma venganza por haber nacido, él sabe lo que tú sabes y no lo tolera… por esas dos razones debo matarte, no insistas más, que para ti no hay clemencia. —¡No me mates que yo no sabía con quién me metía, por favor no dejes a mi hijo en la orfandad, a mi madre y hermana en el desamparo! Por último, no impactes en mi pecho, colisiona contra mi vientre y dame una muerte lenta para ver a mi hijo por última vez. No. ¡Dios mío, noooo! —Bamm. Tras un breve recorrido, la bala mata su silencio y el eco de su estruendo espanta para siempre el alma de su cuerpo.

Por muy conmovedora que nos resulte esta tragedia, del pacto dependerá la “justicia” y aún cuando el magistrado supremo de la Suprema Corte, Daniel Ortega, haya visitado a la familia doliente, los intereses del pacto son la suprema prioridad.

Cuando el CSE valida la iniciativa del diputado liberal de robarse las elecciones municipales de Santo Tomás, junto con los sandinistas, dejé de creer en las tres instituciones nefastas del Estado. Al diputado, que probablemente se convertirá en magistrado de la CSJ, le sirve más abogar por un correligionario asesino que exigir justicia para una periodista que en vida ellos mismos tildaron de “aprista”.

Un reo liberal que pide ser juzgado por la juez, un abogado defensor sandinista, una funcionaria judicial cuya carrera depende del pacto, una fiscal “sin pruebas”, un diputado que dice ante la opinión pública que Hernández “es un buen hombre” y una Policía saltarina que jamás brinda un informe contundente, son los elementos que conducen a un solo fallo: homicidio culposo, medida correccional que impone una condena que va de uno a tres años de prisión, que admite —de conformidad con el Código Penal vigente— la libertad condicional. Y parte sin novedad.

El autor es escritor.

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