La crisis tiene solución

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La crisis tiene solución





No cabe la menor duda —y la mayoría de los nicaragüenses así lo percibe—, que la grave crisis institucional que está sufriendo el país actualmente es consecuencia del delictuoso pacto que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán quieren imponerle al Estado y a toda la nación. Y decimos que es un pacto delictuoso, no sólo porque para imponerlo la Asamblea Nacional ha desacatado una resolución de la Corte Centroamericana de Justicia, que es de ineludible cumplimiento, sino también porque el pacto ha sido oficializado por el Poder Legislativo a pesar de que fue suscrito por un reo condenado por graves delitos comunes, incluyendo lavado de dinero, como es Arnoldo Alemán.

Pero de alguna manera habrá que resolver esta crisis. El país no podrá permanecer durante mucho tiempo en este atolladero en el que lo tienen hundido los caudillos corruptos y autoritarios.

Alexander Solzhenitzin, el famoso literato ruso galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1970, quien fuera un tenaz disidente del comunismo soviético, escribió en 1981 (El error de Occidente) que: “El comunismo no podrá ser frenado por ningún artificio de la distensión ni por ninguna negociación, sino únicamente por la fuerza exterior o por la desintegración interna”.

Y así fue. Tal como lo advirtiera con palabras proféticas Alexander Solzhenitzin —quien ahora, a los 87 años de edad, se encuentra gravemente enfermo, de hecho al borde de la muerte—, el comunismo soviético se derrumbó gracias a una combinación de la fuerza exterior que ejerció la política estadounidense del presidente Ronald Reagan, con la propia desintegración interna del sistema. Y en su caída arrastró a casi todos los estados comunistas y satrapías revolucionarias, incluyendo a la dictadura sandinista de Nicaragua.

Ahora, algo parecido a lo que advirtió Solzhenitzin sobre el comunismo soviético se puede decir de la crítica situación que prevalece en Nicaragua. Es decir, que una presión exterior (resoluciones de la Corte Centroamericana de Justicia y de la OEA, así como de la comunidad donante), combinada con la movilización de la población democrática nicaragüense, más la descomposición política y moral de los pactistas, es lo que podría frenarlos para poder restablecer la institucionalidad democrática de Nicaragua que tanto daño ha sufrido por causa de ellos.

El otro camino sería ignominioso: que el Presidente de la República tuviera que claudicar ante los pactistas, acatar dócilmente las reformas constitucionales que aprobaron para despojarlo de sus atributos de gobernante, e inclusive asumir el ignominioso papel que quieren imponerle los caudillos de que sea él (el Presidente), quien proponga a la Asamblea Nacional la iniciativa de Decreto Legislativo para amnistiar a Arnoldo Alemán.

En realidad, la crisis podría resolverse fácil y rápidamente si, como lo han propuesto una embajadora europea y el representante de la OEA en Nicaragua, se acordara que las reformas constitucionales para cambiar la forma de gobierno del país, y las que propone el Presidente de la República, se dejen para el siguiente período constitucional, o sea para después de las elecciones nacionales del 2006.

Otra forma de resolver con rapidez y de manera genuinamente democrática el problema es que las reformas constitucionales sean sometidas a un referendo revocatorio, tal como lo demanda el movimiento cívico que ayer lunes dio una impresionante demostración de fuerza con la marcha que realizó desde el Estadio hasta la Asamblea Nacional.

La democracia, aún con todas las imperfecciones y desviaciones de la corrupción y el autoritarismo de los caudillos Alemán y Ortega, tiene ella misma los mecanismos apropiados para resolver sus problemas y aún la peor de sus crisis. Aquí y en cualquier parte del mundo, los problemas de la democracia se pueden resolver con más democracia. En nuestro caso eso significa recurrir al diálogo y la negociación, pero no para asaltar el Estado y robarse sus recursos —como han hecho los caudillos—, sino para llegar a acuerdos de interés nacional; o convocar al referendo para que los ciudadanos aprueben o rechacen las reformas.

Sin embargo, sin una fuerte presión nacional e internacional los caudillos corruptos y sus secuaces nunca aceptarían una salida democrática de la crisis que ellos mismos han provocado, precisamente porque son antidemocráticos.

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