Un “diálogo nacional” para engañar al pueblo

Mario Alfaro Alvarado*

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Un “diálogo nacional” para engañar al pueblo


Mario Alfaro Alvarado*




Desde 1893 hasta ahora ha transcurrido más de un siglo de luchas políticas, de engaños, de traiciones, de frustración popular, de fraudes electorales (el último fue en las elecciones de noviembre de 2004).

Los sacrificios en esas luchas irracionales las sufrió el pueblo, sus mejores hijos ofrendaron sus vidas y en las montañas quedaron las osamentas olvidadas de esos mártires anónimos.

¿Para qué han servido las “revoluciones”? ¿Para qué han servido los diálogos entre políticos inescrupulosos? ¿Para qué han servido los partidos políticos demagógicos, caudillistas, cabazotines, abyectos instrumentos de sus cúpulas corruptas?

Al revisar la historia de esos ciento once años de convulsiones políticas, durante los cuales una y otra vez las esperanzas populares fueron traicionadas, todo parece igual, nada parece haber cambiado, excepto la práctica de la corrupción antes habilidosamente ocultada y ahora exhibida con impúdica desfachatez.

Si del diálogo surgieran soluciones y hubieran habido partidos honestos y democráticos, en esos ciento once años de vida política se habría logrado aumentar el trabajo y reducir la migración, aumentar los salarios y reducir la pobreza, aumentar las escuelas y reducir la ignorancia, aumentar la salud y disminuir la enfermedad, aumentar la Policía y disminuir la inseguridad.

Diálogo es una plática entre dos o más personas. ¿Qué puede salir de una plática entre políticos? Negociar, por el contrario, es comerciar, comprar y vender. Esto de comprar y vender posiciones políticas y porcentajes del presupuesto, es lo que hacen los políticos cuando pactan, cuando engañan al pueblo ofreciendo diálogos mientras negocian entre ellos.

Los políticos han convertido el diálogo en un anestésico con el cual adormecen a la población. Cuando sus obscuros manejos políticos han conducido al país a una severa crisis que se agrava sin remedio, recurren al diálogo para serenar los ánimos. Con discursos artificiosos y marrulleros tratan de convencer al pueblo de que el diálogo es la solución de los males que ellos causaron.

La historia enseña que después de cada diálogo sólo le queda al pueblo una nueva frustración, el plañido de haber sido engañado y la esperanza de que algún día se produzca un cambio inesperado.

Cuando el pueblo opina sobre el diálogo, lo hace sin convicciones. En ello refleja el esfuerzo de su conciencia por convencerse así mismo, de que algo pueden concederle los políticos a través de nuevas promesas. El pueblo, el eterno perdedor de la historia patria, tiene que salir del letargo en que lo han sumido las políticas partidarias y asumir una posición beligerante en una lucha planteada entre dos extremos: uno para perderlo todo y otro para comenzar a construir la Nicaragua que desea tener.

¿Qué puede obtener el pueblo de un conversación de dos caciques coaligados contra un gobernante honesto que se esfuerza por derrotar a la corrupción, para que el país pueda empeñar sus fuerzas vitales en busca de su propio progreso económico y social?

Si con una conversación pudiera la nación recuperar lo robado por medio de guacas y piñatas, saldrían sobrando los diálogos y promesas; bastaría que los culpables devolvieran al pueblo lo que le han arrebatado; pero esto no es posible porque los belitres no entienden “por las buenas”, hay que hacerlos entender “por las malas”.

Estamos viviendo un período muy difícil de la historia vernácula, dolorosamente comparable con la invasión filibustera de 1855, cuando Nicaragua corrió el riesgo de desaparecer como nación soberana.

El mundo avanza rápidamente hacia la globalización del intercambio comercial, proceso que ofrece grandes beneficios a todos los países, aún a los más pequeños y pobres, que sepan aprovechar esta nueva experiencia de la humanidad, convocada para luchar contra la pobreza.

La corrupción se esfuerza por impedir que Nicaragua se beneficie de ese proceso.

Una maligna filosofía orienta a los partidos y a sus cúpulas a estancar el desarrollo económico nacional, pues saben por malsana experiencia que un pueblo pobre es más fácil de dominar para vivir de la explotación y los privilegios.

La guerra contra la corrupción está declarada. Si vencen los corruptos el país se convertirá en un territorio de producción estancada y en un feudo de voraces camarillas políticas. Frente a la corrupción está la promesa de una nueva Nicaragua, liberada de los males tradicionales de las luchas políticas y los odios banderizos. Hay que decidirse por una de esas dos banderas.

Son muchos los oportunistas que esperan el momento para obtener ventajas bastardas y asumen una posición de neutralidad que favorecen a los hay que derrotar a toda costa, aunque sea “por las malas”.

* El autor es periodista

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