Cornelio Hopmann
Lo que está planteado (en la reforma constitucional) no es el cambio de un sistema presidencialista a un sistema parlamentarista dentro de la lógica de la división de poderes (controles y contra-pesos) sino el abandono de esta lógica misma, o sea un cambio mucho más trascendental. Aún en los sistemas parlamentaristas —o sea donde el jefe de Gobierno es electo por el Parlamento— se respeta la independencia de los poderes, es decir el Legislativo no se sobreimpone ni al Ejecutivo ni al Poder Judicial. En este sentido, la Asamblea está invadiendo desde hace rato el ámbito del Poder Judicial, no solamente por la forma de elegir los magistrados por “bancadas” sino desde la supuesta interpretación auténtica de la ley pasando por leyes con nombre y apellido. Por ejemplo, la ley que benefició a los habitantes de la Colonia del Periodista, así como el “decreto” sobre la liberalización de la telefonía básica. La Asamblea, en forma sostenida, actúa sustituyendo a la justicia. En la misma forma se está invadiendo las competencias del Ejecutivo al “elegir” a un sin número de funcionarios en puestos netamente ejecutivos.
Es una característica de las dictaduras “populares” concentrar todo el poder en un órgano legislativo, al menos de forma, superando los principios de la división de poderes que son típicos de la democracia representativa. Así funcionaban la Francia de Robespierre, la Italia fascista y la Unión Soviética, donde los soviets eran la unión de los tres poderes.
Los padres de la democracia representativa —y liberal— siempre defendieron el mecanismo de la división de poderes como el único instrumento para poner bajo control al “Leviatán” Estado, o sea evitar que éste se apodere de las vidas de los ciudadanos, aplastándolos.
En resumen, lo que se pretende con las reformas constitucionales es abolir la democracia liberal y representativa, cuya función es proteger al individuo y a grupos minoritarios hasta contra la dictadura de las —muchas veces supuestas— mayorías, y sustituirla por una “democracia popular” que arrasa con los derechos individuales, en particular con los derechos humanos (ya los griegos sabían la diferencia entre democracia y oclocracia).
Este camino siempre ha terminado sin ninguna excepción en tiranía y —también lo sabían los griegos— en tragedia y desastre.