Jorge J. Cuadra V.
“¿Qué significa para vos llevar en la actualidad el apellido Somoza?” le pregunta el periodista al joven Somoza que regresó al país a incorporarse a la vida ciudadana. ¿Acaso es una cruz? “Por el contrario”, contesta el joven empresario, “es un orgullo”.
Independientemente de que el joven Somoza tiene todo el derecho a sentirse orgulloso de su familia, cuando lo dice ante una cámara de TV todo cambia, porque durante cincuenta años del siglo recién pasado el apellido Somoza fue sinónimo de dinastía, dictadura, tiranía y abuso institucionalizado, cuyo peso se hacía sentir en la vida de todos los nicaragüenses que no estaban a su favor y de todos los presupuestos de la República, que servían para pagar las planillas de los numerosos negocios del fundador de la dinastía.
Si en algo se caracterizó la segunda mitad del siglo XX, fue en la lucha contra la dictadura de los Somoza, lucha que cobró la vida de miles y miles de nicaragüenses que amaban la democracia. Escuchando al joven Somoza se puede llegar a pensar que todo fue un mal sueño del que afortunadamente despertamos. Pero la existencia de las numerosas viudas y de los incontables huérfanos, nos recuerda que el sueño fue una pesadilla de la vida real, cuyas consecuencias todavía se sienten y se viven.
Yo estoy de acuerdo con el heredero inocente de la estirpe sangrienta, en que hay que olvidar y perdonar. En lo que no estoy de acuerdo es en que sea siempre el pueblo el que pague por ese olvido y ese perdón. La sentencia de la Cementera podría ser una muestra de que el perdón y el olvido es una calle de doble vía, porque el joven Somoza podía renunciar a recibir ese bien, en nombre de la paz y la concordia. Pero no, eso ni lo piensa y mientras él se enriquece con una propiedad cuyo origen ha sido siempre cuestionado a través de la historia, las viudas y los huérfanos producto de la violencia de la dinastía Somoza, se siguen lamiendo sus heridas en la soledad de sus recuerdos.
Escuchando al joven Somoza, podemos llegar a pensar que nada de lo que la historia registra fue cierto. Entonces, ¿dónde quedan los muertos y los torturados y los exiliados víctimas de la dictadura? Para no mencionar a los miles de víctimas inocentes, menciono sólo a uno, al más notorio, al más valiente, al inclaudicable, al político vertical que no aceptó ni siquiera las curules que repartían los pactos libero-conservadores y mucho menos las prebendas con que el dictador compraba las conciencias de los políticos corruptos: Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien murió dando fe de su honestidad y de su amor desmedido a Nicaragua, acribillado por las balas disparadas desde la cueva del tirano.
Pedro Joaquín murió porque todas las fechorías y todas las masacres y todos los robos y todos los abusos que cometían el dictador y sus herederos, eran verdades de fe que se demostraban con el rojo de la sangre derramada por los patriotas que le decían no al tirano, sí a la democracia y sí a la paz.
Es sano perdonar, pero no lo es olvidar, porque si olvidamos la tragedia sufrida por el pueblo nicaragüense durante la dictadura somocista, negamos el sacrificio de los héroes que murieron a manos de ella y en nombre de la justicia y de la paz.