José A. Fonseca Mejía
Quiero referirme al escrito del señor César Augusto Bravo Vargas, que hace acusaciones que demuestran su odio y desprecio por nuestro querido y apreciado cardenal Obando.
Comienza su artículo (publicado en LA PRENSA del domingo 26 de diciembre recién pasado) resaltando en forma despectiva el hecho de haber sido inscrito como hijo “ilegítimo”. Parece que esto es para el señor Bravo Vargas un gravísimo pecado porque posiblemente él se considera de muy alta alcurnia y no concibe cómo un coterráneo de origen tan humilde haya alcanzado tanta jerarquía en nuestra Iglesia Católica y que tenga el aprecio y admiración de una gran mayoría de los nicaragüenses.
Continúa don César Augusto afirmando, con aires de pitoniso, que si “Su Eminencia Reverendísima tuviera la potestad de rescribir su origen tan humilde” lo haría y también elegiría ojos azules, pelo rubio y escogería un mejor país para nacer. Parece que a este escritor chontaleño lo traiciona el subconsciente y posiblemente sea a él que le gustaría tener rasgos muy europeos (o a lo mejor los tiene) ya que su augusta presencia debe ir acorde con su nombre muy propio de emperadores romanos.
Acusa también al Cardenal (sin presentar pruebas) de recibir pagos cuando inaugura una obra, y de que le declaró la guerra a Somoza hasta el 16 de julio del 79. En el Diario LA PRENSA existen archivos y el pueblo nicaragüense adulto sabe que monseñor Obando al frente de la Iglesia Católica se opuso a los abusos y desmanes de Somoza y la Guardia Nacional y éstos trataron de muchas maneras de quitarlo del camino, incluso hubo ofrecimientos económicos del general Somoza que fueron tajantemente rechazados por nuestro pastor. Fue por eso que Somoza le llamó el “décimo comandante” o “comandante Miguel”.
Referente al respaldo a la Junta de Gobierno de los sandinistas, le recuerdo al señor Bravo que también lo fue del 90 por ciento de los nicaragüenses y que a medida que el gobierno del FSLN sacaba las garras de su dictadura así también la Iglesia se plegaba al lado del pueblo y debido a eso fue que se expulsó y agredió a muchos sacerdotes, se intentó instaurar una “iglesia popular” y se irrespetó la Eucaristía y al santo Padre.
En cuanto a que los hermanos protestantes consideran como “aberración” que los católicos hablemos de “infabilidad” del Papa, ésta es sólo en asuntos de fe y moral. También acusa al presidente Bolaños por haber dado explicaciones a la Iglesia Católica al haberse rumoreado que él había gestionado la destitución del Cardenal. Explicaciones que me parecen correctas que el primer ciudadano de la nación dé ante acusaciones de tal naturaleza.
Debo aclararle a nuestro ilustre escritor que los católicos no adoramos imágenes y que cuando Constantino emitió el Edicto de Milán en el año 313, ya la Iglesia que fundó Jesucristo y que nombró sucesor a Pedro estaba consolidada.
Para terminar, si el cardenal Obando y Bravo no hubiera aceptado servir de testigo o garante del diálogo entre los políticos, tan necesario para este sufrido pueblo de hijos legítimos e ilegítimos, escritores tanto o más embriagados de odio como el señor César Augusto estarían maldiciendo al indio chontaleño por poner oídos sordos y ser insensible al clamor de los nicaragüenses.