Miguel Ernesto Vijil [email protected]
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Turquía, el caballo de Troya
Miguel Ernesto Vijil Ycaza
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Hoy 17 de diciembre la Unión Europea (UE) tomará una resolución crucial para su futuro, deberá aprobar oficialmente el inicio de un largo proceso para incorporar a Turquía como un miembro más.
Hoy por hoy, Turquía no es Europa. Turquía es un país ubicado económica, política y socialmente, como está ubicado geográficamente, está en dos continentes: Europa y Asia. El Medio Oriente, para ser más preciso.
Turquía es un país de paradojas. Tiene una tradición de gobiernos laicos desde la disolución del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, pero de hecho allí se persigue a los cristianos. Las iglesias cristianas carecen de personería jurídica y pensar en cualquier clase de proselitismo sería suicida. Hace unos pocos días, Zenit, el noticiero digital diario del Vaticano, traía un artículo demandando a la UE que incorporara como requisito de admisión para Turquía que adopte en la teoría y en la práctica las normas comunes europeas en materia de libertad religiosa. Obviamente la situación de la mujer no es compatible con los principios de igualdad y dignidad que ahora se aceptan, aunque en círculos más occidentalizados eso no ocurra.
Los conflictos entre griegos y turcos en todo el oriente europeo están muy cerca de la superficie y tienen un matiz muy agudo en Chipre, que ya es miembro de la UE. Los conflictos de propiedad provocados por las masivas expulsiones de minorías entre Grecia y Turquía tampoco están resueltos.
Turquía acarrea un agudo problema nacionalista con la importante minoría kurda, que aunque también musulmana es étnica y lingüísticamente muy diferente. Los turcos son de etnia túrquica y los kurdos son indoeuropeos, muy cercanos a los iraníes. Este problema se va a tornar muy serio después de la resolución, cualquiera que ésta sea, del conflicto de Irak. Los kurdos de Irak han ganado un gran espacio gracias al apoyo de Estados Unidos que desde la Primera Guerra del Golfo a principios de los noventa, apoyan y sostienen a una región prácticamente independiente en el norte de Irak. Esos kurdos no van a ceder la independencia que han obtenido y para ellos, como para los kurdos de Irán y Siria, Kurdistán es una sola nación, como debió haber sido desde que se fracturó el Imperio Otomano. Con una base en el norte de Irak, con un ejército moderno, armado y entrenado por los Estados Unidos para combatir a Saddan Hussein, pero que ahora nadie podrá desarmar, y con lo que es más importante, con recursos petroleros, se vería como posible alcanzar el sueño de un kurdistán libre e independiente formado principalmente por el norte de Irak y el tercio oriental de Turquía. Los kurdos van a ser un poder a respetar y Europa nada gana embrollándose en ese conflicto inevitable.
Para un observador que vive en Nicaragua en donde todo lo político nacional o internacional se ve asomándose debajo de la pesada influencia de Estados Unidos, no puede pasar inadvertido que la membresía de Turquía en la UE ha sido enormemente impulsada por los gobiernos norteamericanos, aún a riesgo de entrometerse en asuntos que no deberían ser de su incumbencia. El principal soporte europeo del ingreso de Turquía es Inglaterra, el socio más cercano de Estados Unidos en la UE.
Los Estados Unidos nunca han visto con simpatía a la Unión Europea. Tengo bien presente los artículos de revistas como Time, y aún ahora The Economists, que a pesar de ser inglesa es muy antieuropea y pronorteamericana, con críticas y negros presagios sobre todos y cada uno de los pasos tomados por la UE. Todavía escucho los funestos presagios de esas revistas en relación al Euro, eso conduciría a una debacle monetaria, decían. Que lejos de la realidad actual en donde el Euro es la moneda más fuerte del mundo.
Ahora es Turquía la oportunidad norteamericana de debilitar a la UE, su incorporación diluiría su fortaleza económica, la enzarzaría en luchas intestinas desgastantes y lograría ubicar dentro de los centros de poder de la UE a un aliado incondicional al que financia y arma desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El autor es profesor universitario