Acabar con Bolaños

José Joaquín Quadra S.

Esa parece ser la prioridad: acabar con Bolaños, cueste lo que cueste, sin importar las consecuencias. Es un odio visceral que desde hacía tiempo no se veía, ni cuando la guerra, ni después de la guerra.

Todo esto me recuerda un poco la última novela de Paulo Coelho cuando alguien, tratando de probar la certeza del triunfo del mal sobre el bien, llega a un pueblo y tienta y compra a todos sus pobladores haciendo privar la insensatez, despertando las ambiciones, la envidia y el odio. Fue como una locura colectiva, todos tuvieron un precio y ni el cura del pueblo escapó a la tentación.

Acabar con Bolaños, ésa pareciera ser nuestra prioridad. Es una forma rara de encontrar consenso. Pareciera que no existen otras urgencias en el país. Nada es tan importante como acabar con Bolaños. ¿Qué habrá pasado que el Presidente genera esa pasión tan desmedida, tan irrefrenable, tan insensata?

No estoy tan seguro pero algo me hace pensar que lo malo está dentro de nosotros mismos. Es esa dualidad que nos hace admirar al Güegüense y usar la máscara y el doblez, no como un acto de sobrevivencia, sino de cotidianidad. Es más fácil ser así. Siempre ha sido más fácil tirar la primera piedra.

Acabar con Bolaños. No, no creo que se lo merezca. Puede ser cierto que no acepte fácilmente consejos e incluso que no haya explicado bien cómo pudo pasar tanto tiempo en la Vicepresidencia sin renunciar o sin denunciar, ni tampoco de esa persecución tan implacable y casi obsesiva contra Arnoldo Alemán, pero no se lo merece. Don Enrique es cien veces más honesto que la mayoría de sus acusadores y cien veces más cristiano que la mayoría de los que hacen fila y romería frente a la Curia Arzobispal en busca de bendiciones políticas. Don Enrique no se merece la mayoría de las acusaciones que le endilgan, ni mucho menos la de los delitos electorales cuando muchos de sus acusadores han vivido de esos delitos electorales. Es como un mundo irreal, donde priva la mentira y los valores son despreciados, donde admiramos al que tiene y no al que es.

Pero todo ese mundo kafkiano no debe impedir, ojalá no sea tarde aún, que el Presidente baje de su pedestal, deje de pelearse con todo el mundo, comience a abrir puertas y a buscar coincidencias. Aceptar que tiene que hablar, dialogar, transar. La meta es Nicaragua y debe estar por encima de todas las cosas, incluso las que no nos gusten. Por ello, no se puede desacreditar interlocutores en el diálogo político incluso con la excusa de que son corruptos. Además, todos llevamos algo de mala levadura en nuestras ambiciones desmedidas, en nuestras apetencias, en nuestros excesos. Todos en algún momento de nuestras vidas de alguna manera hemos sido injustos; en nuestros hogares, con nuestras esposas, con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros amigos, con nuestros empleados, con nuestros patrones… Ser injusto es también una manera de ser corruptos.

Pero puede que haya llegado la hora de cambiar, de mejorar. Comencemos a hacer ese cambio nosotros mismos, dentro de nosotros mismos. Comencemos haciendo bien las cosas, en nuestra vida ordinaria, en las cosas más mínimas y más corrientes, como decía antes en nuestros hogares, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad. Hagamos esa transformación desde abajo y enseñemos a los políticos la lección que ellos no han aprendido esperando con paciencia para cuando llegue el momento de premiarlos o castigarlos.

El autor es Abogado

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