José Rizo Castellón
Alo largo de la historia, los Estados han tenido muchos cambios; han evolucionado de acuerdo a las circunstancias y, en los últimos tiempos, las caracterizaciones de los mismos han resultado así por las necesidades y exigencias de los pueblos y por el diseño que las ideologías les han impregnado a los mismos.
Hemos conocido varios tipos de Estado: Estado de bienestar, Estado pequeño o delgado (en realidad, el término apropiado y original viene del inglés, siendo los liberales los que acuñaron el término: “Slim State”. Pero, sonaría poco apropiado decir “Estado esbelto”), Estado policía, Estado facilitador. Y por otro lado, en nuestros sistemas republicanos, parece como que todo se rige por la norma presidencialista: El ganador se lo lleva todo. Esto no debe seguir así. Debemos permear la política de consensos en todos los poderes del Estado y en todos los mecanismos que la democracia lo permita.
Por esta razón creo que debemos propiciar la idea del Estado de consenso. Este Estado debe responder a las necesidades de sus tiempos. No vivimos en el feudalismo. Vivimos en los tiempos de la libertad, el diálogo y los derechos del hombre. Por ello hay que adoptar políticas, incluso al seno del Ejecutivo, para que las decisiones que se tomen permitan que no haya desgarres con los partidos grandes de oposición. Todos sabemos que la política necesita de consensos. ¿Pero en realidad es así siempre? O, si realmente aceptamos que las cosas en política deben contar con el mayor número de aquiescencias posibles, ¿por qué en nuestros países la democracia se ha vista tan convulsionada y los procesos políticos están cargados de tensiones y desacuerdos tan dramáticos que muchas veces llevan a duras y largas crisis sociales?
Creo que a pesar de la bondad de la democracia, a pesar de las bondades de los procesos políticos, los políticos de nuestros países seguimos creyendo que una vez que asumimos el poder nos convertimos en soberanos infalibles. Tampoco debe ser así. Hemos aceptado las reglas del juego político con mucha humildad cuando estamos en la oposición, pero cuando tenemos el poder —sobre todo, si estamos en el Ejecutivo nos sentimos más seguros y no vendemos la idea de buscar consensos a todos los niveles.
El consenso es el mejor recurso en cualquier negociación. El consenso, si lo proyectamos desde el Estado, lo venderemos como la idea más fiel y adecuada a la democracia. El voto que nos lleva al poder no necesariamente nos tiene que dar la supremacía cuando se trata de la verdad. El voto que nos lleva al poder, no necesariamente nos dice que hay que descartar lo que los otros tengan que decir acerca de las políticas públicas, aunque hayan quedado en minoría. Si el liderazgo que uno ejerce, es fuerte debe suplantar cualquier mezquindad y superar cualquier tentación.
Tener un gobierno que se basa en el consenso es tener un gobierno que cree en las capacidades de cada quien; es saber que la verdad se busca entre todos, y que tenemos mucha fe en la razón.
El Estado de consensos, creo yo, puede servir para disminuir el abstencionismo, ya que permitirá hacer saber que nuestros votos siempre van a contar porque las minorías tienen derechos y también deben tener participación en el proceso de toma de decisiones. Este es un principio liberal que ha caído en desuso y no lo podemos descuidar.
No se trata de repartir el poder después de haberlo ganado. Se trata de escuchar a todo mundo. Es decir, de hacer buen uso del poder. Después de todo: ¿Podrá haber mayor legitimidad que escuchar las opiniones y sugerencias de los que nos pusieron en el poder? Si no se hace así, la democracia se limitaría a un solo acto electorero. Y la democracia no es un objetivo. Es un proceso que debe involucrar a las gentes para que sus líderes actúen de acuerdo a los mejores intereses de los que los escogieron.
Cuando hay gobiernos de consenso, hay buena voluntad; cuando hay buena voluntad hay un ambiente de confianza muto. Ello hace que la inversión aumente, que todos nos tengamos confianza, y aumente las capacidades de la gente en sí misma, en el gobierno y en el mercado. Entonces, habrá mejores posibilidades de desarrollo.
El autor es Vicepresidente de la República