Entre candidatos no hay mucho donde escoger

Federico Dueñas

El presidente Enrique Bolaños en días pasados, después de que Eduardo Montealegre presentara su renuncia al Poder Ejecutivo, le impuso la Orden Rubén Darío en su grado de Gran Cruz, por su positiva, limpia y honesta labor dentro del servicio público. Eduardo Montealegre se incorporará al PLC con el objeto de colaborar en la desinfección cupular del partido en rumbo a las elecciones presidenciales, donde posiblemente aspire a la candidatura máxima del país, sin despreciar el futuro del Apre.

Montealegre se desempeñó exitosamente como Canciller, como Ministro de Hacienda y como Secretario de la Presidencia. Cuando iniciaba sus funciones en la Cancillería, desde este espacio, en base a información confidencial recibida sobre su estilo rígido que creaba incomodidad e inseguridad al personal, entre otros comentarios le hice la observación de que debía estar bien claro que no era lo mismo administrar una organización privada piramidal (como Bancentro) que “controlar” una entidad pública, pues en esta última su actuación ejecutiva, al igual que la de todo funcionario público, está sujeta a la observación crítica de los medios de comunicación y de la misma ciudadanía, ya que se están manejando fondos provenientes de los impuestos de los contribuyentes, además de que es delicado en extremo dirigir personal burocrático y sindicalizado, muchas veces impuesto por partidos políticos o favoritismos nepóticos heredados, renuentes a sujetarse a una disciplina organizacional como la que se estila en el sector privado.

Sobre todo en un país altamente politizado y desordenado, con abierta libertad de expresión, con tanto político desprestigiado y corrupto haciendo chanchada y media con los bienes del Estado, donde los medios de comunicación son incómodamente críticos e inquisitivos.

Con el transcurso del tiempo me fue muy grato constatar que el doctor Montealegre se adaptaba fabulosamente al nuevo papel del funcionario público profesional ante los medios, sus contrincantes políticos y la ciudadanía. La rigidez cortante y formalidad bizarra del Ejecutivo privado, dio paso a un Eduardo abierto, sonriente, serio, franco, conversador ameno que aprendió el difícil arte de la exposición ante micrófonos y cámaras, manejando él lo que él consideraba adecuado informar en ese momento al público sin comprometerse, sin incurrir en contradicciones y dejando satisfechos a sus tenaces entrevistadores.

Actualmente Eduardo es toda una personalidad respetada dentro de la política nacional. Su actuación honesta, su limpia trayectoria política, su caballerosidad, aunada a su inteligencia, buen humor y adecuado entrenamiento así como amplia experiencia en el sector público, lo hacen un serio candidato a la Presidencia de la República para las próximas elecciones presidenciales. Y más, si por otra parte miramos decepcionados que hay dos obsoletos caudillos desprestigiados nacional e internacionalmente, quienes ya han demostrado ampliamente su incapacidad y abuso en el ejercicio público así su abierto desprecio a la ciudadanía.

Entonces pues, no hay mucho donde escoger candidato, para la buena fortuna de Montealegre en pos de su siguiente objetivo. De allí el abierto temor del alemancismo y el danielismo, de allí que Eduardo deberá caminar un largo y minado trecho, donde tendrá sorpresas muy desagradables, aún rodeándose de personas sanas y políticos limpios. Un reto titánico, posiblemente el más arduo de su vida es el que le espera si emprende la carrera hacia la silla presidencial.

No es para asustarlo, que estoy seguro no se asustará, pero es para que mantenga muy bien abiertos sus sentidos, su intuición y su astucia pues, sus contrincantes son alimañas ponzoñosas de la peor calaña que produce el ser humano, dispuestos a pagar cualquier precio con tal de hacerlo a un lado en la carrera presidencial. Y, como dijo el españolito: “Suerte mataoor”. Que Dios bendiga a Nicaragua, y conste que esta frase la vengo diciendo desde hace más de diez años en LA PRENSA.

El autor es empresario

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