Mario Ruiz Castillo
Se ha dicho ya bastante sobre si debió incluirse o no en el álbum de la Lotería Nacional al filibustero William Walker; lo cierto es que la historia es simplemente la narración de los hechos tal como ocurren y no como quisiéramos que fueran.
La historia debe relatarse tal como sucedió y por ello dicen algunos historiadores que ello sólo es posible cuando el que relata ya no está imbuido en las pasiones, es decir no toma partido en ningún bando, lo cual cabe según ellos a los 25 ó 30 años que acaecieron los hechos, antes afirman, existen mucha pasión e intereses.
El caso Walker puede ya sin lugar a dudas estudiarse y escarbar detalles que nos lleven a unas conclusiones reales. Si nos molesta que un extranjero se haya autoproclamado Presidente de nuestro país; también debería inquietarnos el que algunos presidentes que hemos tenido se han sentido más extranjeros que nicaragüenses y de ello no decimos nada; y por lo menos para mí valdría más que un extranjero quiera este terruño, que otro que nació acá prefiera ser del otro lado. Es cuestión de apreciación, incluso hoy en día algunos políticos prefieren otro idioma, costumbres y se comportan como extranjeros, lejos de toda vinculación vernácula.
Walker fue un filibustero raro, criado con costumbres muy conservadoras, su vida personal está ligada por una dicotomía: por un lado el hombre esclavista convencido no sólo de la superioridad de su raza, sino de una predestinación divina; por el otro, un hombre austero, místico, solitario, religioso, tímido, sobrio y de costumbres recatadas. Si comparamos a este Walker humano con muchos de nuestros líderes, éstos salen perdiendo por su soberbia, derroche, vida desordenada, ebria, chabacana, embustera y corrupta.
Lo anterior no es una apología a Walker, sino la historia. Walker ejerció la medicina, la abogacía y el periodismo, es decir un filibustero muy preparado. En su interior odiaba toda violencia, prohibió las peleas de gallos por considerarlas sangrientas, no vaciló sin embargo en ejecutar a subalternos cuando éstos fueron llevados ante él por abusos. En su interior despreciaba al hombre vicioso, altanero y arrogante, así como la doble moral de los hombres poderosos de entonces. Sostuvo en Estados Unidos una lucha feroz por mucho tiempo contra un juez a quien acusó de corrupto, hasta lograr su destitución y desprestigio.
En mi opinión debe ocupar un lugar en la historia de Nicaragua y así como dejó un letrero que decía “Aquí fue Granada” al ordenar su incendio, podemos colocar debajo de su foto uno que diga: “Filibustero que se autoproclamó Presidente, aprovechando el odio irracional, codicia e irresponsabilidad de los dirigentes de los partidos políticos de la época”.
Porque al final su autoproclamación e incidencia en nuestro país es toda culpa nuestra.
El autor es abogado