Álvaro Taboada*
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La democracia castrista
Álvaro Taboada*
En un libro que se convertiría en un clásico en su campo, Karl Wittfogel (El despotismo oriental) estudió la estructura de poder de los antiguos regímenes totalitarios y despóticos que se desarrollaron muy temprano en la historia bajo lo que Marx llamó (pensando en la India pre-británica) “el modo de producción asiático”. Bajo ese modo de producción se desarrollaron por primera vez sociedades muy organizadas y complejas, jerárquicas, constituidas por clases sociales bien diferenciadas y nacidas de las diversas funciones desempeñadas por sus distintos grupos. La propiedad privada, como tal, nacería después. Tales fueron los casos de la antigua Sumeria, Egipto y otros.
Esta última realidad hizo que el concepto de “modo de producción asiático” (con todo y ser marxista) virtualmente desapareciera de los libros de texto de los países comunistas: Aquel concepto no era muy “sano”. Podía haber abonado en los pueblos un grave “desviacionismo” frente a la ortodoxia “científica”: la creciente sospecha de que en los hoy casi totalmente extintos regímenes comunistas había surgido una nueva clase privilegiada por sus funciones, a pesar de la extinción de la propiedad privada.
En las citadas primeras civilizaciones el poder político, ideológico, militar, y económico era omnímodo. Se concentraba en pocas manos. La élite decidía sobre los bienes comunales y estatales, estos últimos indiferenciados legal y conceptualmente de las propiedades de “lugales”, faraones y templos. Tal concentración de poder y de control y represión ideológica no volvería a presentarse en la historia de la humanidad sino unos 50 siglos después, con la aparición de las “democracias” leninistas. Esto, evidentemente, dentro de contextos histórico-sociales muy diferentes. Pero ambos tipos de despotismo, el oriental y el marx-leninista comparten la característica del control integral y totalitario de la sociedad, tal como lo explicó Wittfogel.
Adicionalmente, las “democracias” stalinistas han llevado a los niveles más degradantes el culto a la personalidad de caudillos despóticos. Recuérdense a Stalin, a Mao, a Kim-Il-Sung, a Kim-Yong-Il (su sucesor en el trono), a Nicolas Ceacescu, a Fidel Castro… Todos estos gobernantes, especie en extinción, fueron o son los faraones y “lugales” de la era moderna, quienes tuvieron o tienen en sus manos como uno de sus instrumentos de legitimación y de represión ya no a las creencias religiosas del alto neolítico y de la Edad de Bronce, sino a la doctrina “científica del proletariado”.
Estas breves reflexiones sobre algunas características del poder totalitario y del culto a la personalidad vienen a propósito de un artículo publicado hace poco en este diario. Dicho escrito se proponía presentar las virtudes democráticas del régimen de Castro (con todo y sus más de 45 años consecutivos en el poder). Para ello se citaron algunos nombres de norteamericanos, abiertos defensores y admiradores del sistema castrista. Añade dicho escrito que algunos estudiantes de medicina estadounidenses optaron por dejar temporalmente las universidades de su país (las mejores del mundo) para participar en programas de medicina en Cuba.
Lamentablemente, nadie huye de su país para ir a vivir permanentemente en Cuba. Al revés: más de un millón de cubanos ha huido de su “paraíso democrático”. Vale añadir que los escasísimos estadounidenses castristas expresan sus opiniones (a menudo virulentas) libremente y sin temor. Para algo son ciudadanos de una auténtica democracia: libertad de pensamiento, de expresión, y de organización. En agudo contraste, la citada apología pro-Castro no señala el nombre de un solo disidente, de un solo grupo o institución que discrepe libre y abiertamente dentro de Cuba contra Castro y su privilegiada nomenclatura tropical. Nadie ignora cuál es la suerte de los opositores a la “democracia” castrista. El artículo ya referido omite este tema, y lo que logra es denunciar al castrismo. Obtuvo lo opuesto a su propósito.
En resumen, la concentración total del poder político-económico, la falta de elecciones libres, (las simples votaciones controladas son farsas, son ejercicios de movilización y control de masas), la perpetuación de un caudillo hasta su senilidad, todo apunta a confirmar la tesis de Wittfogel: con el marx-leninismo se repitió en la era moderna el dominio total que determinadas élites ejercieran sobre ciertas sociedades al inicio de las grandes culturas de la humanidad. En Cuba hoy ocurre esto. Es la antítesis de la democracia, como se la entiende seriamente hoy alrededor del mundo.
* El autor es PhD en Estudios Internacionales. Catedrático del Ave María College.