“Ella sabía a lo que iba”

Guillermo Cortés Domí[email protected]

Una mujer y un hombre pueden acordar acostarse en un motel, hotel o el lugar que sea y eso no significa que al llegar al destino, uno de los dos no cambie de parecer. Y si eso llegara a ocurrir, digamos en un caso en que la mujer se echara para atrás, el hombre no deberá obligarla a tener relaciones sexuales y mucho menos golpearla ni penetrarla por la fuerza.

El hombre debe aceptar —si se quiere, masticando rabia y tragándose su herido orgullo de macho— que algo cambió la situación y que ella ya no quiere hacerlo. Debería ser algo lógico pues se supone que para hacer el amor se necesita del concurso de dos. Si sólo uno participa, entonces se trata de otra cosa, por ejemplo, una descarga desabrida y unilateral, o lo que es mucho peor, una violación.

El argumento tan mencionado en los últimos días de que “la muchacha sabía a lo que iba…”, no justifica que su pareja no deba parar ante evidentes e indudables señales de ella de que, al menos en ese preciso instante, no quiere sexo, es decir, no quiere compartir caricias ni ningún tipo de flujos corporales. ¿Cómo no va a saber una mujer mayor de edad a lo que iba si se dirigió con un hombre a la habitación de un hotel con un propósito amatorio? Pero esa decisión de ir a acostarse con un tipo, no le quita el derecho a cambiar de opinión a última hora.

Ella podría haber sido acariciada y encontrarse totalmente desnuda en la habitación con su hermoso cuerpo invitando y excitando, y aún así, tendría derecho en un momento determinado a decir “no”, y el hombre tendrá que ver cómo baja su testosterona, detener su avance impetuoso y calenturiento y quedarse con las ganas. No es un buen momento para frenar bruscamente, hay que admitirlo, y se requiere de mucho autocontrol para ello.

Seguramente habrá quienes no toleren ni la idea de quedarse frustrados, y consideren que la otra parte tiene la obligación de apaciguarle el fuego de la pasión carnal a su acompañante y que, si ella no fuera lo suficientemente comprensiva con su macho de ocasión, éste tendría que proceder a la fuerza, incluyendo una golpiza, sin importar la secuela sicológica y física para la mujer.

“Pero, ¡si es una prostituta!”, también se ha dicho insistentemente. Pues bien, éstas también tienen derechos humanos y no por dedicarse ellas a este negocio, los clientes deben golpearlas y penetrarlas por la fuerza. Podría argumentarse que si pactan por dinero un acto sexual, incluso contra viento y marea finalmente deben ejecutarlo, pues de lo contrario, sería incumplirle al cliente, y como sabemos, éste es el rey y siempre tiene la razón.

Pero también los clientes tienen sus límites, si se ponen groseros las prostitutas tienen derecho a mandarlos a la porra y si cuando esto ocurre aquél se enoja y la golpea y hace cumplir por la fuerza el contrato comercial, entonces comete, ni más ni menos, una violación, como si lo hubiera hecho con una mujer que no comercia con sus caricias.

Sobre un tercer argumento muy escuchado, de que todo fue un montaje, es una posibilidad que no hay que descartar. Hay demasiado dinero en juego como para que ese tipo de gente torcida y colmilluda que tanto abunda por aquí, no olfatee una oportunidad para sacarse una gran lotería. Entonces sería otra historia. De momento, me quedo con la idea de que la muchacha del asunto, prostituta o no, debe ser respetada en todos los extremos poderosos de esta palabra usualmente tan ignorada.

El autor es periodista

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