¿Qué rumbo lleva y cuál es el futuro de la música nicaragüense?

César Augusto Bravo Vargas*

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¿Qué rumbo lleva y cuál es el futuro de la música nicaragüense?


César Augusto Bravo Vargas*




En cada mente humana existen diversas maneras de imaginarnos el mundo. Hay quienes no lo conciben sin agua, otros jamás lo concebirían sin libros a la vez que muchos no lo concebimos sin música. Y es que desde el proceso evolutivo de los primates hasta el hombre actual, la música ha sido un elemento indisociable en cada mancha humana, quienes siempre hemos disfrutado de sus encantos e influencias.

Si buscamos el origen de la música, ésta nos hace retroceder hasta la prehistoria, cuando sólo suponemos que no sobrepasan las fronteras de creer que la primera música que se hizo tenía fines mágicos y religiosos. Igualmente especulativo es que desde antes que el hombre creara los instrumentos, ya hacía música, posiblemente cantando, aplaudiendo o simplemente golpeando objetos en franca imitación de las aves. Cuando florecieron en la antigüedad las grandes civilizaciones ya se había creado una amplia gama de instrumentos.

En la música folclórica nicaragüense los temas como Palomita guasiruca, Mamá Chilindrá, El zanatillo, Son tus perjúmenes mujer, El pitero, etc. fueron composiciones que se transmitieron de persona a personas de manera oral, es decir, carente de toda notación escrita, y fueron compuestas por individuos que permanecen en el anonimato.

Otro elemento que caracteriza el elevado valor folclórico de estas canciones es que en su mayoría representan nuestras leyendas, raíces y costumbres, y en otros casos son descriptivas, como El Güegüense o El grito del bolo —recopilado por Felipe Urrutia—, entre otras. Por eso, a falta de técnicas académicas y científicas estas composiciones se han considerado incultas. Pero si bien es cierto que esta definición es correcta, también podemos señalar las grandes excepciones que cantautores más contemporáneos nos han impuesto, como don Otto de la Rocha (1933- ), Jorge Isaac Carvallo (1933- ), Erwin Krüger (1915-1973), Camilo Zapata (1917- ) etc., quedando claro que los límites entre la música folclórica y otros tipos de música no están del todo definidos, sobre todo cuando escuchamos las composiciones de Tino López Guerra (1906-1967) y José de la Cruz Mena (1874-1907).

Cuando todas estas canciones pasaron de un intérprete a otro sufrieron cambios provocados por impulsos creativos, errores de memorización y valores estéticos de quienes las aprenden y las enseñan, o más decisivo aún por la influencia que ejercen los estilos de otras músicas. En este sentido podemos clasificar en Nicaragua dos tipos de intérpretes que son: los que han embellecido estos cantos sin salirse de los límites que le arrebatan el sabor vernáculo, como cuando don Otto de la Rocha interpreta en la voz de Aniceto Prieto, El pitero, o cuando Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina interpretan La moralimpia, de Justo Santos.

En un segundo plano yacen los que en busca de fama y gloria están conduciendo nuestra música folclórica por rumbos globalizados, dotándolas de ritmos que sólo son folclóricos en otros países. La mejor ilustración de este segundo caso la encontramos en La Nueva Compañía; grupo musical que lo único que tiene de nacional son las partidas de nacimiento de sus integrantes. En el extranjero este grupo nos hace parecer un pueblo sin identidad cultural, sin música de ritmos y sones propios, pues han rechazado las características esenciales de nuestra música. Para un famoso compositor nicaragüense este tipo de grupos no ha hecho más que pisotear el rico legado que grandes hombres —como los ya mencionados— nos han heredado y sin ver que cada composición se ubica en el nivel más alto del esfuerzo humano, han inmolado estos grandes vigores para un beneficio más particular y privado.

Mientras otros países se esfuerzan en exteriorizar la mejor imagen de su gente, en Nicaragua La Nueva Compañía hace todo lo contrario. El videoclip filmado en Bluefields sólo muestra los aspectos menos agradables de nuestro Caribe: mujeres gordas —muy mal vestidas— que reflejan nuestros pésimos hábitos alimenticios, danzan un palo de mayo interpretado con un mínimo sabor caribeño pues está más cerca de ser merengue o rap. La música acompaña a la danza, lo sabemos, pero no es necesario extranjerizarla. El grupo mismo viste atuendos que les da más aspecto de vagos o pandilleros que de verdaderos artistas.

No entiendo cómo mi amigo Edgar Tijerino promueve —en La Tertulia— estos antivalores nacionales. Akbar S. Ahmed lo dijo: “Los medios escudriñan y atacan sin cesar, sin mostrar misericordia ante la debilidad y la fragilidad”. Pero los medios de comunicación sólo se han limitado en señalar las barbaridades de nuestros gobernantes, olvidándose que nuestra cultura agoniza en brazos de bárbaros comerciantes. “La yerba sin un dedo levantado”, diría el poeta Rothschuh. Cuando participo en una actividad amenizada por La Nueva Compañía no sé si escucho más la gritadera que les caracteriza o la mala música que ejecutan. Si el nicho laboral no les permite interpretar música con verdadero son nica, ¿por qué no componen sus propias canciones? La respuesta es: porque son personas ordinarias y las personas ordinarias no llegamos a tanto.

Si todo esto nos plantea el dilema de ¿hacia dónde se enrumba la música nacional? el único destino visible es su extinción. Jorge Isaac Carvallo encuentra el origen de estas distorsiones en una juventud sedienta de baile y por ende de música movida (diría Katia Cardenal: música descartable), sin importarle letra, sonoridad y sobre todo originalidad. A lo que puedo agregar que a falta de creatividad se están “paseando” en nuestra música.

Pero qué diferentes son los músicos nacionales de verdad, quienes sin traslapar nuestra verdadera identidad, hacen de cada arreglo musical hermosas huellas estéticas.

En conclusión creo que los verdaderos músicos yacen olvidados por falta de una promoción más beligerante por parte del Gobierno. Ahora, esto fuera posible si el Gobierno tuviese en cuenta que no sólo el progreso y la mitigación del hambre apaciguan a las masas, sino también el respeto y la promoción de nuestra identidad cultural.

* El autor es escritor

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