La duda en Venezuela

Joaquín Absalón Pastora

La civilización del petróleo, de Arturo Uslar Pietri, denuncia la incapacidad administrativa y moral de los hombres encargados de gobernar Venezuela para manejar los recursos de la naturaleza.

Por poco maldice el momento en que brotó el grueso chorro de petróleo facultado por la abundancia para ser exportable. El tesoro transformó el carácter agrario de una civilización que tenía estabilidad con la parsimonia sedentaria del pastoreo.

Desde el descubrimiento del petróleo la vida se aceleró. El privilegio hizo metamorfosis en la economía no para que el venezolano viajara a las torres del solaz solvente, sino para que un círculo se enriqueciera por la vía de la corrupción.

Oímos hablar de un hombre llamado Marcos Pérez Jiménez. A pesar de no tener a su lado los yacimientos de la actualidad, decíase de él que era “un dictador progresista”, creador de la nueva Caracas, la de las prolongadas autopistas y erguidos edificios espiados por la cordillera andina.

A Pérez Jiménez una ruidosa revuelta popular lo mandó al exilio miamense. A partir de su derrocamiento fueron celebradas las primeras elecciones libres después de muchos años de estar cercada esa primavera política. El pueblo eligió presidente a Rómulo Betancourt. Espléndido el período inaugural de una época distinta y suave en el procedimiento de respetar la libertad ciudadana y todas las ventajas derivadas de ella.

Betancourt entregó a su sucesor y así anduvo la alternabilidad entre dos partidos que hicieron suyo el espectáculo electoral: Adecos y “Copeyanos” social demócratas y social cristianos, con la ausencia del pernicioso fantasma del caudillo. Ninguno —y ese es un mérito— padeció la seducción de seguir en el poder.

Pero sufrieron la instigación de otro defecto: la corrupción. Los venezolanos, angustiados, se hacían esta pregunta: y los millones del petróleo, ¿dónde están? Mientras tanto bajaba la velocidad en las pistas y se empantanaba la esbeltez de los rascacielos levantados en época de menos expansión del crudo, mientras tanto descendía la relación paritaria entre el dólar y el bolívar, mientras tanto el gobernante de turno repetía la introducción: “Apretarse la faja” para darle más voz a los improperios del derroche oficial.

En esa seguidilla de penurias Carlos Andrés Pérez sufrió el levantamiento o la intentona de un golpe de Estado encabezado por un joven militar sin membrete en la cúpula castrense. Se llama Hugo Chávez Frías. La rebelión no estuvo glorificada por el triunfo. La cárcel tenía puertas abiertas para su mentor. Puesto en las rejas su posición de víctima le granjeó una gran simpatía. Y surgió un nuevo héroe, el caudillo que el pueblo venezolano esperaba.

Es del conocimiento público todo lo que Chávez ha hecho en Venezuela. Uno de los efectos de su oferta populista: partir en dos posiciones irreconciliables al país: la república de los ricos y la república de los pobres. De poseer clase media exuberante y aportativa, pasó a esa polaridad. Chávez se convirtió en mejor agitador que mejor estadista. La oposición acudiendo a todas las maniobras para derrocarlo le ha dado el pretexto de decir que no ha tenido tiempo para gobernar.

Conocido el resultado del proceso, cuyos candidatos de rostro invisible fueron una afirmación y una negación —si o no—, llamó la atención la reacción de la oposición. Se resistió a reconocer el triunfo de Chávez alegando fraude aunque la observación internacional dijera lo contrario. La duda quedó planteada. Y esa incógnita es peligrosa para el futuro. Se me ocurre pensar, estando lejos del lugar de los hechos, que lo más sensato para los venezolanos es reconciliar los intereses que los han separado. Priorizar al país y dejar lo demás para los comicios inmediatos en los cuales ya habrá oportunidad de elegir a nuevo presidente. Eso depende de los venezolanos.

El autor es periodista.

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