Avil Ramírez*
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Las jaibas y los nicaragüenses
Avil Ramírez*
En Poneloya (balneario de León, Nicaragua) se dieron cita representantes de todas las jaibas del mundo. Venían de mares inmensos y de mares pequeños; de aguas tranquilas y agitadas corrientes.
El líder de las jaibas, por cuestiones de edad, era nicaragüense. Inició el cónclave diciendo: “Queridas jaibas, hemos estado haciendo algo que se ha constituido en un pésimo ejemplo para todos. Se trata de una costumbre que tenemos que cambiar”, dijo muy seriamente.
Los extranjeros observaban curiosamente. Una de las jaibas, representante del río Pochote, en el mismo León, no se aguantó y preguntó: ¿Y cuál es esa mala costumbre? El sabio presidente de la junta de jaibas dijo, bajando la voz para que todos pusieran más atención: “Lo diré sin rodeos, debemos dejar de caminar para atrás. Todos nos usan como ejemplo negativo y hablan de nosotros como que fuéramos retrógrados”, dijo.
Una jaiba de Alaska preguntó: ¿Y qué es lo que propones para remediar el mal ejemplo que nos achacan? Seré realista, dijo el líder. Para nosotros, es muy difícil cambiar. Pero para las jaibas pequeñas, será más fácil. Propongo que sus mamás les enseñen a caminar para adelante”, dijo. El consenso fue total. Adoptaron la decisión de que a partir de esa fecha toda jaiba que naciera en el mundo sería instruida por sus progenitoras de forma tal, que caminaran hacia delante.
Cada una de las jaibas regresó a su territorio. Las madres empezaron a enseñar a sus pequeños. Guiaban con amor sus patitas, primero una hacia delante, intentaban seguir las instrucciones, aunque fuese muy difícil y complicado. Pero con sinceridad, trataban de hacerlo. Sucedió algo curioso y precisamente en el Lago Xolotlán. Una pequeñita jaiba dijo a sus compañeros: “Cómo es que ellos hacen una cosa y nos enseñan otra? Nos están fregando… Es más fácil caminar para atrás”, espetó.
El resto de crías estuvo de acuerdo y pronto, todas las jaibas del planeta comunicaron la conclusión de la jaiba del Xolotlán, y coincidieron. Se convocó nuevamente en Poneloya a una reunión cumbre de emergencia entre todas las jaibas del mundo. “La normativa que propuse no está funcionando, admitió la jaiba líder, que siempre decía la verdad. Y no funciona porque no predicamos nosotros con el ejemplo y, lo cierto es, que no podemos pedirle a los demás que hagan lo que nosotros no hacemos”, agregó.
Ese fue el final. Todo había fracasado. El resultado era fácil de entender: “Los demás ponen siempre más atención en lo que hacemos que en lo que decimos”. Es como el consuetudinario bebedor cuando le dice a su hijo que no tome y él diario se toma sus tragos; o la madre que le dice a la joven hija que no fume y ella parece una chimenea. Los romanos decían Exemplum docet (el ejemplo enseña). Creo que el ejemplo es casi lo único que enseña. Desafortunadamente, pensar que para influir en los demás, bastan nuestras intenciones y nuestras palabras no resultan. Hay que predicar con el ejemplo. Ahora es la oportunidad de hacerlo. No hay mañana.
Nicaragua tiene la oportunidad de avanzar hacia delante y dejar de seguir “avanzando” hacia atrás, como las jaibas. Ya no es por nosotros. Es por nuestros hijos. Debemos hacerlo. No hay tiempo que perder. Para eso es necesario que todos —principalmente los que ejercen poder— piensen en función de la Patria y olviden sus intereses personales. Ese día, avanzaremos y veremos que Nicaragua tiene todo para triunfar.
Es cosa de nosotros. La historia juzgará si fuimos capaces de olvidarnos de los vicios del pasado y consolidar la oportunidad que tenemos de construir la nueva Nicaragua que nos merecemos.
* El autor es abogado y funcionario público