Conflicto sangriento y vergonzoso

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Conflicto sangriento y vergonzoso





Es vergonzoso que en pleno siglo XXI ocurran en el Continente Africano conflictos sangrientos e interminables con cifras increíbles de muertos, hambrunas, genocidios, emigraciones masivas, epidemias devastadoras. Tan lamentables acontecimientos, como el de Sudán, se han vuelto frecuentes e invitan a una seria reflexión y pronta ayuda, pues se trata de un fracaso de la capacidad de compasión humana ante tanto sufrimiento. En efecto, desde que empezó la guerra civil en Sudán apenas alcanzada su independencia en 1956, no se ha interrumpido el conflicto bélico, más que por un breve intervalo. Situado en la parte nororiental del continente negro, Sudán ha venido sufriendo el exterminio de su población, a punta de machete y pistolas, alcanzando un total de dos millones de personas muertas y produciendo, además, estampidas de centenares de miles de personas hacia los países vecinos.

Sólo en Darfur, una región del oeste sudanés, una fuerza integrada por 30 mil soldados, muchos de ellos a caballo o camello, exterminó sin piedad a miles de sus habitantes. Son agresores “janjanweed”, una fuerza fanática del tipo Tontonmacut haitiano. Lo paradójico del caso es que Sudán es el país de mayor extensión de África, con casi un millón de kilómetros cuadrados, 34 millones de habitantes, 800 kilómetros de costa en el Mar Rojo y con valiosos recursos naturales.

En ese espacio, del que más del 30 por ciento es desierto, habitan tribus y etnias en constante enfrentamiento: musulmanes, cristianos, árabes y diferentes grupos autóctonos. A consecuencia de la guerra, el país se dividió en dos regiones antagónicas: el norte, donde se ubica la mayoría árabe que sigue la ley Sharia del profeta Mahoma. Ésta tiene a Karthoum como capital, y el sur, más rico, donde desafían al Gobierno los rebeldes que en su mayoría son cristianos, incorporados al Movimiento de Liberación Nacional Sudanés (SPLM/A), dirigido por John Garang, un fundamentalista evangélico con ribetes marxistas.

A estas alturas EE.UU. teme que la confusión predominante convierta a Sudán en un reducto de terroristas, pues se sabe que Bin Laden vivió en Jartum en 1990. El otro grupo disidente es el Movimiento de Justicia e Igualdad (JUEM). La pregunta es: ¿por qué sufre esa tragedia Sudán, que dispone de extensos recursos naturales como petróleo, mica, tungsteno, oro, cobre etc.? Hay dos elementos que explican este drama. El primero es el de las secuelas del inhumano colonialismo europeo, que durante siglos explotó a los países africanos dejándolos sin educación y estimulando el divisionismo entre las tribus, para controlarlas mejor. Las potencias europeas se repartieron África como un pastel, adjudicándose caprichosamente enteras regiones africanas, imponiendo límites sin respetar el hábitat ancestral de las tribus. Al retirarse los invasores, estallaron guerras para rectificar el caprichoso reparto.

Felizmente, al finalizar la Segunda Guerra Mundial el panorama político cambió, cuando Naciones Unidas aprobó un plan de descolonización. Hasta 1945 existían 750 millones de personas bajo régimen colonial en el mundo, o sea casi un tercio de la población del planeta. Cincuenta años después, quedan todavía dos millones y medio bajo control colonial, disfrazado bajo la etiqueta de fideicomiso. El otro elemento del conflicto africano es la rivalidad ancestral de muchas tribus que luchan por acaparar un poco de tierra laborable en países con extensos desiertos. Y, desde luego, la ambición de apoderarse de los numerosos pozos petrolíferos. En las últimas semanas, el drama sudanés, con el estallido de otros focos rebeldes en Darfur y Malakal, ha hecho más difícil el abastecimiento de alimentos y medicinas.

La única esperanza de terminar con esta tragedia es que prevalezca el arreglo alcanzado en mayo pasado. Gran parte de la disputa es sobre la distribución de puestos públicos que al final distribuirán 70-30 en favor del Gobierno. Además, Jartum será la capital, aunque no regida por la ley del islam. El tercer acuerdo es considerar como parte del sur, Abel, el estado del Nilo azul y las montañas de Nubia. La parte final del acuerdo es que las partes dejarán pasar seis meses para que un plebiscito en el sur decida si separarse o permanecer unido a Sudán. La comunidad internacional espera que de esta manera se ponga fin a ese prolongado y doloroso conflicto.

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