Celebremos los privilegios de María

Rafael Ibarguren*

Roman, Times, serif»>
Celebremos los privilegios de María


Rafael Ibarguren*




Una madre es algo tan bello que hasta Dios quiso tener una. Nuestro Señor es el único hijo en la historia de la humanidad que se pudo dar el lujo de tener una madre a su gusto. Él la creó, él la escogió, él la hizo suya.

En lo que a los mortales respecta, es indudable que la madre que a cada uno fue dado tener, es también, a su modo, la mejor de todas: así lo decreta nuestro cariño filial. Y en aquel punto que hubiésemos querido que quien nos dio a luz fuese diferente por que consideramos que tiene una imperfección o una laguna, el corazón del hijo perdona lleno de parcialidad y se desdobla en movimientos de veneración y de ternura por causa de la tal carencia, supuesta o real.

Lo cierto es que, como decía al inicio, Jesús eligió a María y la hizo inmejorable, superior a todas las otras madres, a todas las otras criaturas que hubo, que hay y que habrá. Pensemos sólo en su atributo principal: ¡Madre de Dios! ¿Qué más decir?

El mundo contemporáneo es paradójico: por un lado sediento de Dios y de lo sobrenatural, y por el otro se encuentra adormecido en la indiferencia y en el ateísmo práctico. Por eso, el título de Madre de Dios puede parecer para muchos insulso, una especie de originalidad a la cual no se presta mucha atención.

Pero para los católicos, no es así. Reconocemos en Cristo al Mesías, al Dios encarnado; y en María a la mujer escogida que fue asociada como nadie al plan salvífico de Dios: ella lo concibió, lo dio a luz, lo acompañó en su peregrinar y lo inmoló en el Calvario. Porque Nuestra Señora aceptó el designio del Padre de que muera su Hijo por nuestra salvación; y estuvo de pie, junto a la cruz, llena de compasión.

Madre de Dios es, pues, el título más glorioso de esta Virgen singular. Entretanto, otros privilegios tiene María. Son una serie de glorias que la mente humana no consigue abarcar totalmente. Digamos que son glorias inefables, insondables. No en vano cantamos “Más que tú, sólo Dios, sólo Dios”.

Una de esas glorias es la que festejamos el 15 de agosto: su asunción al cielo en cuerpo y alma; la meditamos en la cuarta decena de los misterios gloriosos del Rosario.

Otra gloria es la que nos es dado celebrar con tanto calor en Nicaragua: la Inmaculada Concepción. Es también la que la cristiandad entera conmemora en este tiempo, cuando se cumplen 150 años de la definición de este dogma.

El Papa Pío IX definió lo que la creencia universal de la Iglesia admitió desde tiempos primitivos: que María fue concebida sin pecado original en previsión de los méritos infinitos de su hijo Jesucristo.

María, como descendiente de Adán por vía natural de generación, tenía que haber nacido sin la gracia santificante, es decir, debía haber participado de la culpa original, la culpa hereditaria. Mas por estar destinada a ser digna mansión del Hijo de Dios, fue preservada por Dios mismo para que no participara de semejante culpa, y, por consiguiente, desde el primer instante de su concepción tuvo la gracia santificante.

¡Prodigio divino! Cristo a todos nos levantó después de la caída con su redención, pero preservó a ella, y sólo a ella, de caer.

Fue en 1854 que el Beato Pío IX definió esta verdad de fe. Y cuatro años después, en 1858, la Santísima Virgen vino a corroborar lo que el Vicario de Cristo enseñara; dijo ella a Santa Bernadette Soubirous en la gruta de Lourdes “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Es para honrar este privilegio de María que el Papa Juan Pablo II, ese venerable anciano desafiante a los achaques de los años y de la enfermedad, viaja a Lourdes, en un gesto que bien puede calificarse de heroico. Imitando al Pontífice, los Obispos de Nicaragua, junto con fieles de todo el país, se darán cita en el Santuario Nacional de El Viejo el sábado 21 de julio para proclamar a los pies de nuestra Patrona y ante el mundo, una vez más y como siempre, ese grito tan familiar:

¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!

* El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí