Conrado Godoy
“Un paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”
Neil Armstrong
El recién pasado mes de julio se conmemoró el 35 aniversario de uno de los acontecimientos científicos más notables del siglo XX, el descenso en la Luna, por primera vez en la historia de la humanidad, del vehículo espacial Apolo 11 al mando del comandante Neil Armstrong, el hecho histórico que marcó un hito en los anales de la investigación espacial y colocó a Estados Unidos a la vanguardia en la lucha por el dominio del espacio exterior, frente a su poderoso competidor en ese entonces, la Unión Soviética.
Además de las naturales implicaciones políticas, económicas y militares que tuvo este proyecto, se sabe que entre las importantes razones que originaron la expedición lunar, estaba el interés de los científicos de la Agencia Aeroespacial de Estados Unidos (NASA, por sus siglas en inglés) quienes deseaban profundizar sus investigaciones en torno a la discutida teoría, de que la Luna fue originalmente parte de nuestro planeta y que una enorme explosión ocurrida hace miles de millones de años, provocó la separación colocando a nuestro satélite natural en su propia órbita. Sobre este enunciado, los astronautas debían ir en busca de una roca especial que no existe en la Tierra, pero que misiones espaciales anteriores no tripuladas habían confirmado que se haya en la superficie de la Luna. Los científicos pensaban que la roca —que está formada por una extraña aleación en la que destaca su peculiar tono amarillo rojizo— podría ser mucho más vieja que las que han sido analizadas en la Tierra, la más antigua de las cuales no sobrepasa los tres mil millones de años y que un estudio exhaustivo de la misma podría darles la clave, no sólo de la fecha aproximada en que la Luna se desprendió de la Tierra, sino tal vez del mismísimo origen primigenio de nuestro hermoso planeta azul.
Pero no fue sino después de cuatro expediciones posteriores a la Luna, que la tripulación del Apolo XV descubrió accidentalmente la preciosa roca, que en ese momento iluminaba con destellos multicolores la gris, árida y desolada superficie del suelo selenita. Un día después de su descubrimiento los astronautas retornaron a la Tierra y la NASA celebró con gran regocijo el feliz acontecimiento, al demostrar que efectivamente la “roca” tenía cuatro mil quinientos millones de años de antigüedad. La valiosa pieza lunar fue bautizada —no se sabe exactamente por quién— con el nombre de Génesis, un recordatorio de lo que pudo ser el comienzo de todas las cosas. En la actualidad permanece, junto a otras reliquias arrebatadas al cosmos, en el Museo Johnson de la ciudad de Houston.
Como ya he indicado, no fue al Apolo 11 —cuyo alunizaje el 20 de julio de 1969 marcó un nuevo derrotero en la investigación espacial— al que correspondió el honor de descubrir el Génesis. En su lugar, aquel día memorable, el comandante Neil Armstrong y sus intrépidos amigos, hicieron historia al convertir en realidad un sueño milenario. De paso, también confirmaron que la Luna… no es de queso.
El autor es periodista.