Recordando a un estadista y prócer

Alfonso Efraín Castellón Ayón

Hace un año estuve en el cementerio San Pedro rindiendo tributo al general José Santos Zelaya. Recuerdo haber llegado cuando alguien pronunciaba un discurso-oración ante su mausoleo. Sentí un profundo dolor al ver que el liberalismo se debate entre acusaciones y rasgamiento de vestiduras, como un partido golpeado, maltratado por sus egoístas militantes y a punto de derrumbarse, a no ser que tomen sus líderes una decisión firme: democratizarlo reestructurando sus cuadros y escogiendo autoridades nacionales y locales independientes.

José Santos Zelaya fue un hombre de casta militar con acentuada influencia austriaca, quien al tenor de su educación europea regresó a su país para organizar y llevar a cabo una revolución liberal que aún vive en el corazón de los nicaragüenses, por medio de su herencia cultural, civil y política que nos legara.

Para desacreditar su obra es necesario profundizar en los abismos del mal, olvidando lo que Rubén Darío, José Santos Chocano, José Martí y Juan de Dios Uribe, entre otros, dijeron acerca de su persona. Por ser esta columna de espacio limitado me referiré en primer lugar a lo expresado por nuestro Rubén: “Los pueblos iletrados son organizaciones sociales que ofrecen un terreno propicio a la existencia y al desarrollo de estos tres parásitos: La intransigencia, el fanatismo y la criminalidad. La reforma a la instrucción pública en Nicaragua emprendida por el general Zelaya y sus dignos colaboradores con vigor y convicción íntima, presta un servicio incalculable al país”.

Sirva la evocación de esta efeméride, que para ilustrarla mejor usé una expresión de Darío. Pero, por qué no hacerle honor a ese digno hijo de Cuba que fue José Martí, quien dijera del revolucionario general liberal, lo siguiente: “A Bolívar de Venezuela, San Martín del Río de la Plata, Hidalgo de México y Zelaya de Nicaragua, se les debe perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más grande que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol, quien nos quema con la misma luz que nos calienta. El sol tiene manchas, los ingratos no hablan más que de las manchas, los agradecidos hablan de la lu”.

Dios quiera que los líderes del PLC, comprendan la importancia que tiene para el desarrollo y permanencia de la democracia en nuestra patria saber rectificar los errores del pasado, y terminar de una vez con las luchas internas que tanto han debilitado al partido, evitando así que el país regrese a experimentar nuevamente el gobierno de la noche oscura. Que el espíritu progresista y revolucionario del general Zelaya guíe los pasos de esos líderes liberales y les ayude a reconocer que ninguno es mejor que otro. Y aquel que se dedique a servir a su pueblo, sin servirse de él, podrá considerarse auténtico líder y mejor hijo de Nicaragua.

Deseo finalizar evocando las palabras de ese grande e ilustre liberal, Juan de Dios Uribe, quien al comienzo de su discurso en las honras fúnebre de don Máximo Jerez expresara: “El Partido Liberal no entierra a sus muertos, sino que los resucita él mismo, en la conciencia de sus pueblos”.

Viva por siempre en el corazón de todos los liberales el general José Santos Zelaya, estadista y prócer nicaragüense, quien tanto amó la libertad, el progreso y la dignidad de su patria.

El autor es liberal, abogado y notario público.

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