El gobierno de la opinión pública

David Orozco González

El homo videns de Giovanni Sartori no es una ficción, es una realidad. El imperio de la imagen se impone en nuestras vidas. En medio de la desigualdad planetaria emerge un nuevo ciudadano global, control remoto en mano, producto del efecto combinado de más de 50 años de crecimiento paulatino de los medios, de la aparición de los sondeos y la video-política, y sujeto del relativo pero ostensible desencanto y desinterés por la forma tradicional de hacer política.

Poco a poco, con la llegada de la apertura que supone la democracia representativa, la opinión pública va ensanchando los linderos de su gobierno. Hoy, la opinión pública cuenta también para las decisiones sobre ciencia y tecnología, que son objeto de escrutinio y debate públicos, en el que concurren diversos públicos, además de científicos, los ONG, gobiernos y empresas.

Para el caso de la ciencia, estas nuevas «reglas del juego» se vienen gestando paulatinamente y con mayor fuerza a partir de los años sesenta, cuando los movimientos ecologistas inician verdaderas batallas contra importantes empresas, ocupando diversos escenarios, desde la televisión y la radio o los periódicos hasta las cumbres internacionales. Producto de estos choques surgió el posicionamiento público, mediático y académico de un nuevo consenso que vincula los problemas del medio ambiente y el desarrollo a lo largo y ancho de la esfera celeste en que habitamos.

Una de las consecuencias del redimensionamiento de la opinión pública es que lo que antes no era del dominio público, lo va siendo ahora. José Luis Luján y Luis Moreno, dos estudiosos contemporáneos en asuntos de ciencia y tecnología, explican que el cambio tecnológico es un proceso social, en el que intervienen muchos actores y factores, en cuenta obviamente, los grupos científicos, pero también y de manera cada vez más creciente, la opinión pública.

Prácticamente la ciencia no avanza hoy si no hay acuerdos claros que involucren a una opinión pública cargada de subjetividad y creencias, y sedienta de explicaciones y de las benditas certezas y vaticinios que no siempre se pueden proveer.

Platón ya detectaba la necesidad de separar, para explicar, las diferencias entre ciencia (episteme) y parecer (doxa). Pero lo que Platón separó sabiamente en su momento lo va juntando hoy la globalización, y la ciencia y la tecnología han dejado de ser un asunto exclusivo de científicos que trabajan en cerrados círculos de producción y aplicación, para convertirse en un tema que involucra al gran público de las sociedades modernas y en vías de desarrollo.

Este nuevo re-juego de lo público (o sea, de lo político) es obviamente distinto según el lugar del planeta en que nos toque vivir y depende del grado de desarrollo de las sociedades en particular. Pero va creciendo como tendencia universal.

Los nuevos linderos de la opinión pública suponen grandes retos, pues hay bondades que disfrutar pero también miserias que enfrentar. Como señala Sartori, estar informado es distinto de saber. De ahí que la búsqueda permanente del conocimiento y la comprensión se imponga como meta de gran escala para alimentar una opinión pública creciente, en un mundo que es absolutamente inviable sin un permanente empuje de innovación y cambios tecnológicos y científicos intensos y extensos. Porque creo que sin duda, todos aspiramos a que la opinión pública haga un buen gobierno.

El autor es sociólogo

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