La cuenta del milenio

Emilio Álvarez Montalván

Cada vez y cuando el Gobierno norteamericano proporciona, por razones estratégicas de su política interna, ayuda significativa a los países latinoamericanos para promover su desarrollo. Como contrapartida, éstos adquieren compromisos que cumplen a medias, como renunciar a golpes de Estado, actuar con transparencia, abandonar guerras civiles, abstenerse de conflictos regionales, etc.

Pero la verdad es que desde hace tiempo América Latina viene insistiendo en que no basta participar en una coordinación política con Estados Unidos, solidarizándose con sus posiciones geopolíticas coyunturales conocidas como “panamericanismo”, sino que deben emprender juntos una integración económica. Éste es un objetivo reconocido hasta hace poco como necesario y viable por los políticos estadounidenses. Lo habitual era que EE.UU. implementase esporádicamente programas de corta duración, dictados desde arriba con dudosa eficiencia, sintonizados con sus intereses. Esa experiencia reveló que el principal obstáculo para una eficiente comunicación era la diferencia de culturas.

En efecto, a partir de 1936 Franklin D. Roosevelt, comprendiendo la necesidad de tener un vecindario leal, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial inició la “Política del buen vecino” rectificando la del “Big stick”. Fue cuando Nicaragua tuvo acceso (1937) a préstamos a largo plazo con años de gracia e intereses bajos. Posteriormente, Harry Truman, en plena Guerra Fría, puso en práctica el efímero “Punto Cuarto” (1949), facilitando la adquisición de tecnología. Tal programa finalizó al terminar la guerra de Corea.

Siendo Kennedy presidente (1962) creó la Alianza para el Progreso, proponiendo reformas estructurales como contrapartida al financiamiento otorgado, que debía reintegrarse. Cuando concluyó la crisis de los misiles (octubre de 1962) y falleció Kennedy, terminó la “Nueva Frontera” dejando en Nicaragua progresos como la primera Ley de Reforma Agraria.

Al asumir Reagan (1980), y agudizarse el acoso de guerrillas pro URSS, se empeñó en apoyar en Nicaragua la contrainsurgencia y posteriormente la política llamada “Cuenca del Caribe”, por la cual se podía acceder al mercado interno norteamericano libre de derechos aduanales. Con los años y con Clinton se agregó el Nafta, y con Bush el Cafta, pendientes de revisión según el candidato Kerry.

Al desplomarse la ex URSS (1989) los programas de ayuda de EE.UU. a América Latina languidecieron. Lo nuevo ahora es la “Cuenta del Desafío del Milenio” (2004) del presidente Bush, después del ataque terrorista a Nueva York del 11 de septiembre del 2001. El objetivo del programa es estimular la producción en países paupérrimos para reducir los altos índices de miseria. Al respecto dijo Lula da Silva que: “el arma de destrucción masiva más poderosa es el hambre”.

¿En qué se diferencia este Plan del Milenio de los anteriores y en qué es igual? Lo primero es que los obstáculos al desarrollo y los instrumentos para removerlos son fijados por el país recipiendario, cuyos resultados serán cuantificados. Además, no tiene límite fatal y puede extenderse. Finalmente, no es de gobierno a gobierno, sino que la sociedad civil, los partidos políticos y gremios aportan criterios y son responsables de su funcionamiento. Por otra parte, este nuevo intento de ayuda, como los anteriores, tiene zanahoria y garrote y será evaluado en su rendimiento.

En conclusión, éste no es un Plan Marshall que atendió con éxito y a corto plazo a países con enormes déficit de infraestructura (casas, fábricas, carreteras, puentes, etc.), mientras conservaban los europeos su tradicional espíritu emprendedor, revestidos de un empeño nacional solidario. Lo nuestro es más complicado porque carecemos de esas tres condiciones, con el agravante de una cultura política atrasada. Sin embargo, es una oportunidad pues la pelota está en nuestra cancha.

Si bien Nicaragua calificó tentativamente, su inclusión definitiva depende de la calidad de las propuestas que presente, viabilidad y sostenimiento, y que además se mantenga en los parámetros de orden exigidos por la Cuenta del Milenio. Sin embargo, surgen dos preguntas: ¿es coyuntural el Plan del Milenio relacionado con la lucha contra el terrorismo globalizado, o es estratégico, para estimular una asociación más estrecha aquende y allende el río Bravo? ¿Está Nicaragua en condiciones de aprovechar la Cuenta del Milenio con una clase política profundamente dividida, centrada en la lucha por el poder a toda costa, sin sentido nacional? Sólo acciones bien calculadas y apoyadas por todos, tras una consulta a todos los sectores del paquete borrador que elaborará el Gobierno, tendrán posibilidades de éxito.

El autor es analista político.

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