La diáspora nicaragüense

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La diáspora nicaragüense





El sábado recién pasado se realizó en Miami, Estados Unidos, el congreso de la diáspora nicaragüense, o más exactamente de la emigración radicada en Estados Unidos, pues, en realidad, muchos más nicaragüenses viven en otros países, como por ejemplo Costa Rica, Canadá, algunos europeos e inclusive en Australia.

La diáspora (vocablo griego que literalmente significa dispersión), históricamente ha designado la disgregación por todo el mundo que sufrió el pueblo judío después de la destrucción del Templo de Jerusalén y prácticamente de toda la ciudad santa de los israelitas y los cristianos, en el año 70 de nuestra era, como castigo de los conquistadores romanos a las rebeliones del pueblo judío. Pero después se llamó diáspora a toda dispersión de cualquier pueblo, siendo las más significativas las irlandesa, armenia, turca, polaca, china, cubana, puertorriqueña, y más recientemente nicaragüense, colombiana y venezolana.

De manera que ahora la palabra diáspora designa la expulsión masiva de cualquier pueblo, de su tierra de origen, y no necesariamente por persecuciones políticas o invasiones como le ocurrió en el siglo I al pueblo judío. Diáspora es cualquier emigración masiva por causa de hambrunas o simplemente por falta de oportunidades laborales y económicas en general, pero también por guerras civiles e internacionales así como por persecuciones políticas combinadas al mismo tiempo con apremios económicos.

Este último es sin duda el caso de la diáspora nicaragüense que se originó en la persecución política del régimen sandinista de 1979 a 1990, pero después, bajo los gobiernos democráticos, muchos más nicaragüenses han abandonado el país por motivaciones laborales y económicas.

Los organizadores del congreso de la diáspora nicaragüense en Miami estiman que ésta se compone de por lo menos 1.8 millones de personas. Pero la verdad es que no hay una cifra certera de su real magnitud, lo cual se debe no sólo a que gran parte de quienes se fueron del país no pasaron por los controles migratorios, sino también a la conocida insuficiencia de la información estadística de Nicaragua.

Como sea, el hecho es que la diáspora nicaragüense no sólo representa una gran fuerza poblacional, sino también económica, pues de acuerdo con la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) de la ONU, las remesas familiares alcanzaron el año pasado la cifra de 780 millones de dólares, más que el valor total de las exportaciones.

De manera que son legítimas y justas las demandas que en términos generales se plantearon en el congreso de la diáspora nicaragüense celebrado el sábado anterior, particularmente la de su derecho de tener cédula y garantías legales para poder realizar transacciones económicas en Nicaragua, así como también poder votar en las elecciones de autoridades nacionales y ejercer cargos gubernamentales dentro o fuera del país.

Pero no sólo desde el ángulo de lo material hay que apreciar el fenómeno de la diáspora. En realidad, emigrar es también un derecho de las personas de todas las naciones, y por lo tanto, como señaló hace ya trescientos años el filósofo británico de la libertad, John Locke (1632-1704): el derecho a la emigración es una condición indispensable para que el poder político se legitime democráticamente. Lo cual significa, en sentido contrario, que impedir la salida del país significa coartar la posibilidad de la persona de elegir el sistema político que le convenga, que es lo que se hace en los países totalitarios como Cuba comunista, donde intentar emigrar es un delito que se castiga hasta con la pena de muerte.

La gente debe tener asegurado el derecho de movilizarse libremente tanto dentro de su país como en el extranjero, aunque en este caso tiene que ajustarse a las normas migratorias establecidas en los países donde se quiera radicar y hacer una nueva vida.

Otra cuestión sumamente importante es que las autoridades gubernamentales deben velar por los intereses de los emigrantes, que en muchos casos se van de su tierra no sólo por ejercer su derecho de emigrar sino porque su propia patria resulta para ellos inhóspita.

Y la verdad es que toda la nación debe interesarse por los emigrantes, no sólo por la gran importancia de las remesas familiares sino porque cada compatriota radicado en el extranjero es parte de la carne y la sangre de la nación nicaragüense.

Editorial
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