Migdonio Blandón*
En el pasado mes de mayo, al reverdecer los campos promisorios de buenas cosechas, en distintos países y fechas pero en todos con júbilo y melancolía, se conmemoró el Día de la Madre. Consciente, sí, de que sin padre no hay madre, va el presente comentario para el Día del Padre.
La madre, al darse cuenta que ha recibido en su vientre la paternal simiente, se entrega con amor ilimitado a su criatura, sin importarle su excesiva gordura, antes y después del parto y sublimizando su sentimiento menosprecia dolorosos sufrimientos; pero así también el padre responsable que por su comportamiento en verdad amerita serlo, incansable vela y trabaja para que en su nido de amor que es su hogar nada, nada, ni él mismo pueda faltar.
El Padre Eterno, a quien desde la vida absolutamente todo se le debe, ha dado al hombre el privilegio, además de otros que a la generalidad de los humanos da, el específico de ser padre, siendo conducto vital que casi siempre por mutuo amor transmite a la mujer la simiente de un nuevo ser. Aunque no haya merecido tal privilegio el que engendra un varón, éste lo conserva y al final Dios mismo ha de juzgar, para premiar o castigar.
A pesar de lo grande que es la responsabilidad adquirida de ser padre, si se vive tal privilegio con el amor, que el Creador como padre sin condiciones nos da, esperando sí que reconociéndole como tal, también sepamos compartirlo a cabalidad. Sólo entonces dicha responsabilidad, mezclada y compartida con fe y alegría, teniendo a su alcance la capacidad, todo problema sin angustia se soluciona, única excepción: lo que deja de serlo.
Como dice el dicho popular: “Para todos da Dios no arrebatando”. A todos sí nos ha dado el privilegio, también con el libre albedrío que conlleva los privilegiados dones de inteligencia, libertad y voluntad, creándonos así a su imagen y semejanza. Asimismo estamos capacitados a lo que con nuestro comportamiento ameritamos recibir. Santa Teresa de Ávila con su frase nos lo confirma: “Quien a Dios tiene nada le falta”.
En Nicaragua ya es tradicional el 23 de junio celebrar el Día del Padre. Una genuina y digna celebración sería, en primer lugar, dar gracias a nuestro Padre Dios, Trino y Uno, por habernos dado a todos un padre y una madre, que trayéndonos por su medio a la vida, propiciándonos la formación, también por su medio nos capacita a la paternidad, permitiéndonos la dicha de serlo y saber mejor compartir el inmenso amor que nos da.
Ese amor inagotable que el Padre Eterno a todas sus criaturas incondicionalmente da, no incluye el privilegio de la material paternidad. Quienes no lo han recibido ni por vocación e impedimentos lo tienen, al no haber sido vedados de tan sublime sentimiento, quizá mejor que muchos padres con gran generosidad y verdadera entrega lo comparten.
Los padres espirituales del clero, por ello ameritan especial reconocimiento. Lo mismo que también los que sin serlo, desinteresadamente se dan a los hijos de Dios, sus hermanos. No lo merecen, sí, los que siéndolo, inflados de egolatría todo lo absorben, erigiéndose en su fuero interno un altar adorándose a sí mismos, sin que algo más en la vida les importe.
* El autor es empresario.