Sobre la Memoria del habla madrileña

Jorge Eduardo Arellano

Recién llegado a Madrid el 19 de septiembre de 1972, recibí el cursillo titulado Panorama español contemporáneo, en el Instituto de Cultura Hispánica como becario hispanoamericano del mismo. Aprendí mucho de sus conferenciantes —todos personalidades distinguidas, catedráticos y periodistas en su mayoría—, pero algunos hablaban con gran rapidez, de suerte que a veces los asistentes entendían muy poco lo que decían. Y otros se quedaban dormidos. A mí me impresionó la incapacidad en ellos de pronunciar el fonema /tl/ del náhuatl, por ejemplo de atlántico y atlético. Un amigo mexicano del Colegio Mayor Guadalupe, vecino de Tlalpan, Distrito Federal, se reía de los expositores y amigos españoles cuando pronunciaban at-lántico. Esta deficiencia afectaba nuestros oídos mesoamericanos que escuchamos también en la calle at-lético (suprimían de nuevo el mismo fonema), nombre de un popular equipo local de fútbol, contendiente sempiterno del Real Madrid.

El habla madrileña la sentí fuerte, enérgica, de expresiva espontaneidad. No carecía, en ocasiones, de gracia, siendo inferior a la andaluza que oiría poco después. Lo que más me chocaba era la predilección hacia los tacos —o palabras mal sonantes— y hacia las expresiones blasfemas. Abundantes, éstas no vale la pena citarlas; eso sí confirmaban un acerto de Pablo Antonio Cuadra: su ausencia en Nicaragua. “El nica no escupe al cielo”, solía decir el viejo maestro.

La más común y vibrante interjección, en su modalidad exclamativa, era ¡joder!, verbo que significa coito; y el término de mayor carga despectiva gilipolla: adjetivo /sustantivo vulgares, equivalente a tonto y lelo que, al principio, creí similar al hijuepé nuestro, remontado al hideputa cervantino. Pero estaba equivocado. Otra interjección, ¡coño!, enunciada en forma independiente (es decir, fuera de la oración) era la muletilla por antonomasia tendiente a perder, como se experimentaba en el área caribeña, su original contenido semántico: “parte externa del aparato genital de la mujer” (DRAE, 1992, 564). Por eso me extañaba mucho oirlo en boca de mujeres.

Otras palabras-comodines del español coloquial que escuchaba por primera vez en una gran ciudad era ahora (reducido al desgastado “ara”), claro, es igual, ¡hombre!, mire usted y vamos (pronunciada sin la consonante inicial: amos), por citar las más generalizadas. El sufijo de los diminutivos predominantes no era ito, como en mi Patria, sino illo —como en Costa Rica—: tiendecilla, Juanillo, pesetilla, puentecillo, regalillo; lo cual no dejaba de agradarme. Sin embargo, no comprendía el uso superfluo de estas dos preposiciones: a por. “Voy a por la leche”, frecuentísimo en la lengua oral de la península. No en las naciones surgidas en la América española. Por algo en su Gramática de la Lengua Española (1999: 277), Emilio Alarcos Llorach recomendaba evitar en la expresión culta ese uso discordante.

Igualmente me sorprendía que el nombre de Madrid se pronunciara con una /z/ al final en sustitución de la /d/: Madriz, tendencia advertida en otra palabra: ciudaz. Igual pronunciación, inculta en este caso, se daba en la /c/ del grupo /ct/: recto: rezto, aspecto: aspezto. Por otro lado, oía tasi en vez de taxi, como también testo por texto. Y en la Escuela de Documentalistas, leyendo publicaciones de la Dirección General de Archivos, Bibliotecas y Museos, constaté el anejo por nuestro anexo. Los extranjerismos, entre los cuales se destacaban los anglicismos, se pronunciaban por lo común como si fueran palabras castellanas: jersey, báter, los báteres (>W. C.), al por hall, trus (trust). Se escribía restaurante y restaurant, pero se solía pronunciar restorán, restoranes. También se decía chófer en vez del chofer (nuestro, con acento agudo pero sin tilde), un galicismo que había adquirido carta de naturaleza en Hispanoamérica. Y algunos hablantes acentuaban los pronombres enclíticos: fijesé, sientaté, etc.

Para contestar el teléfono, se usaba diga, o dígame (la única expresión que todavía conservo). Las empleadas domésticas eran muchachas y, en forma abreviada y familiarmente, chachas (esposas de metal para atar a los reos en Nicaragua). Oíamos también algunas veces que, respetuosamente la chacha llamaba a su patrón (soltero, es claro) señorito. La muchacha bonita era guapa. Las mujeres, para referirse a ellas mismas y a niños, utilizaban las expresiones ponderativas: es muy mona, estás monísima; o la exclamación: ¡Qué maja! En cuanto a los hombres, el adjetivo equivalente a óptimo era cojonudo (equivalente al pijudo nuestro)

Otro hecho notable era la variedad de los sufijos y vitalidad en el habla corriente. Además de illo /a, presente en ensaladilla (que consumíamos en una red de tiendas comestibles que todavía persiste), recordemos in en botellín (de cerveza, desde luego), barín (de bar) y chavalín (de chaval, no de nuestro chavalo); uco en rinconuco; ucho en estudiantucho y delicaducho; ería en bollería (ciertas panaderías donde vendían panes llamados bollos); ete y eta en amiguete, agujeta, rabieta; y azo en cochazo, calorazo y tortazo (golpe espectacular). Eran numerosos, por lo demás, los hipocorísticos con su tono afectuoso: Pilli de Pilar, Loli de Lola, Susi de Susana, Mari de María, Paco de Francisco y Manolo (nombre de un restaurante y de numerosos mozos —meseros para nosotros— trabajando en ellos) de Manuel.

Mi colega y actual homólogo hondureño, el poeta Oscar Acosta, me refería que un ex-diplomático de su país —con más de diez años de residencia en Madrid— acostumbraba llamar imperativamente ¡mozo! en un club de Tegucigalpa al principal mesero y que éste siempre, respondiéndole, se consideraba insultado porque mozo en Honduras (y Nicaragua) se le dice al operario de las haciendas. Numerosas veces insistió en su trato el ex-diplomático, hasta que el ofendido mesero lo esperó un día a la salida del club con un garrote para darle justamente una merecida tunda.

Un ejemplo de contractividad en la misma línea fue la anécdota protagonizada por Joaquín Zavala Urtecho en Sevilla, cuando se desmayó después de experimentar un fuertísimo mareo, intentando caminar normalmente, sin lograrlo y distinguiendo de lejos al botones rubio del hotel en que se hospedaba: “Me sentí bolo, bolo; quise pararme. Pero iba como arriando chanchos y apenas divisé al chelito”. Desde luego, su médico no le entendió absolutamente nada porque en España bolo no es ebrio, ni borracho; pararse no es ponerse de pie; andar arriando chanchos no es caminar a trompicones o andar bien beodo y chele no es rubio.

Todo ello —variantes de léxico, pronunciación y sintaxis— lo advertía tomando en cuenta el fondo común de la lengua a través de la cual era posible comunicarme sin problema alguno en la universidad, en las plazas y calles, comercios, metro y autobús, donde una distinguida señora, ya sentado con mi asiento, me ordenó enfáticamente: “mueva el culo para allá”. Palabra (ce-u-ele-o) que en Nicaragua es mal sonante. Sin embargo, la experiencia intelectual en España entre finales de 1972 y mediados de 1974, cuando recibí los cursos de doctorado en la Complutense —uno con Manuel Alvar— no me despertó el ánimo necesario para ejercer la dialectología. De hecho, estaba incapacitado para ello, pues mi especialidad en Filología Hispánica fue la Literatura Hispanoamericana. Tal lo indica el correspondiente diploma de doctor, tras la defensa de mi tesis sobre el Movimiento Nicaragüense de Vanguardia (junio, 1986), en cuya defensa obtuve la máxima calificación apta cum laude. Sin embargo, comprobé in situ las obvias diferencias del español de la península (la norma de Madrid) y del de Hispanoamérica, o más específicamente, de mi Patria.

El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

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