Doña Lillian en el misterio de la eternidad

Ramiro Sacasa Gurdián

Quiero ofrecer una plegaria de amor por el alma de mi queridísima mamá, doña Lillian Gurdián de Sacasa Guerrero, en el primer aniversario de su partida. Ella está presente con nosotros, sus hijas e hijos y demás familiares, porque la vida y la muerte son parte del misterio de la eternidad. Ella atravesó un umbral de la vida terrenal, para entrar en otra etapa aún más divina, aún más celestial, más luminosa al lado de Dios, porque su alma es una llama de amor que se ha encendido para la inmortalidad.

Quiero decirle que no pude haber soñado tener una madre más especial como ella. Compartir su vida fue un tesoro de incalculable valor espiritual, reflejado en los principios de sus sentimientos de amor y su espíritu de protección incansable para sus hijos, sus sobrinos y sus nietos. Sabernos sus hijos nos ennoblece el alma y nos dignifica el corazón.

Ella nos ayudó a entender y descubrir una forma diferente de ver la vida con amor verdadero, sin prejuicios, con absoluta prudencia y sin críticas, ofreciendo lo mejor de ella y sabiendo con paciencia comprender a los demás. Nos enseñó que dar al que no tiene es amar, que por cada gota de agua que recibimos debemos saber corresponder un manantial cristalino de agradecimiento. Nos enseñó a sembrar amor como semillas que germinan de paz y esperanza. Nos enseñó a sentir compasión por los demás y actuar con integridad, rectitud y justicia social.

Fue una mujer de nobles y profundos sentimientos sociales. Mostró un cariño sincero para los demás, con una profunda sencillez y calor humano, con los cuales Dios llenó su corazón de la verdadera grandeza. Logró con su grupo de amigas ayudar a los niños del comedor infantil de las misioneras catequistas de Lumen Cristi, que le brindaron, en su ausencia, un sentido homenaje de los mismos niños a quienes con calor humano y con sus propias manos les cocinó. Con la misma entrega hacia los demás, colaboró con el asilo de ancianos de San Cayetano, en Masaya, para proteger a los jubilados desprotegidos y darles una mayor dignidad humana.

Recuerdo como un momento trascendental cuando Dios nos hizo el milagro de permitirle regresar a Nicaragua. Pudo reconocer y despedirse de cada uno de sus hijos, sobrinos y nietos, llamando a cada uno por su nombre, recuperando su conciencia por más de dos horas en la noche anterior a su partida. Mostró una vez más sus extraordinarias convicciones cristianas y espirituales. Fue un momento único y conmovedor pues ella pudo unir el cielo y la tierra, el presente y el futuro, uniéndonos espiritualmente para siempre.

Como afirmara Madre Teresa de Calcuta, nos enseñó que el fruto de la fe es el amor y éste es servir a los demás. Nos enseñó el sentido de hacer el bien en los valores que compartió con mi padre, el doctor Ramiro Sacasa Guerrero, de forjar la esperanza para construir una Nicaragua para todos.

Doy gracias a mi madre por el ejemplo de amor que nos ofreció con su vida, que la vida no es más que un camino pasajero mientras el amor es un sentimiento eterno. Sé que está presente desde el cielo en una forma espiritual, pues su amor está con nosotros. Su espíritu está libre, libre del dolor que sentía, de los temores y las preocupaciones, y como una bellísima mariposa que nace y vuela hacia el cielo, regresó a su hogar, al origen de su vida, regresó al lado de Dios.

La muerte es el camino que abre las puertas al paraíso de la eternidad. Le imploro Dios que le dé a mi madre siempre su bendición y la tenga en un lugar cerca de Él. Que los ángeles velen por la vida eterna de su alma y que su amor, su ejemplo, y su luz sea una estrella que nos ilumine el camino de la verdad, la honestidad y la sencillez que representan los valores fundamentales de la vida.

Doy gracias a mi madre por enseñarnos a soñar, por haber sido nuestra mamá.

El autor es Superintendente de Pensiones

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