Apre, liderazgo y caudillismo

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Apre, liderazgo y caudillismo





El lunes de la semana pasada, al comentar editorialmente el surgimiento del nuevo partido-alianza denominado Alianza por la República (Apre), hicimos la observación de que aunque es buena y necesaria la pluralidad de opciones partidistas, y hace falta en Nicaragua una alternativa genuinamente democrática a los partidos caudillistas (PLC y FSLN), este nuevo partido (Apre) no satisface al menos por ahora esa necesidad, porque carece de liderazgo.

Al respecto dirigentes de Apre nos expresaron que, por el contrario, su fuerza radica precisamente en que no tienen ningún dirigente especialmente destacado, ya que lo que necesita el país y, por lo tanto, lo que se pretende es ponerle fin al caudillismo, no crear otro caudillo.

Pero la verdad es que nosotros no hemos dicho que hay que crear un tercer caudillo. Lo que dijimos es que Apre carece de liderazgo. Y además no hay que confundir liderazgo con caudillismo, que son dos conceptos muy diferentes.

En realidad, un líder es quien por su autoridad política y moral, por su formación cultural y su capacidad gerencial, motiva a una gran parte de los ciudadanos a participar en la realización de sus iniciativas, y a seguirlo y apoyarlo en la toma de grandes decisiones, como por ejemplo una elección popular.

En cambio, el caudillo —que en nuestro caso es más bien cacique, porque en sentido estricto caudillo es sinónimo de líder, un gran capitán de pueblos y naciones, como Julio César, Alejandro Magno, Ricardo Corazón de León, Saladino, Napoleón Bonaparte, George Washington, Simón Bolívar, Augusto C. Sandino— es aquél que teniendo un atractivo especial para las masas, porque éstas se ven reflejadas en él, las cautiva ofreciéndoles repartir el botín del poder.

Pero un líder cultiva la conciencia cívica y crítica de sus partidarios y los educa para que actúen por convicción, no por participación en el botín del Estado. Dicho con otras palabras, el líder dirige a ciudadanos conscientes y responsables de sus derechos y sus deberes, mientras que el caudillo o cacique simplemente encabeza a masas amorfas y fanáticas.

Otra diferencia sustantiva entre el líder y el cacique es que la capacidad de mando del primero surge de abajo hacia arriba, es decir, emana de la conciencia y el sentido de ciudadano de quienes lo respaldan; mientras que la del segundo es otorgada de arriba abajo. Por eso es que la escogencia de candidatos y de funcionarios se hace por el “dedazo” del cacique, una práctica degradante que tanto se critica en Nicaragua en los casos de los partidos PLC y FSLN acaudillados por Arnoldo Alemán y Daniel Ortega.

De acuerdo con el modelo de líder político que proponen los expertos en la materia, éste debe ser una persona amistosa y sociable, pero comedida; alguien que siempre tenga ideas nuevas e interesantes; que escuche, atienda, reconozca la importancia de los demás y procure comprenderlos; que tenga habilidad para unir a las personas con opiniones diversas, y que las induzca a entenderse; que sea capaz de conciliar a sus partidarios y amigos, y busque el consenso con los adversarios pero al mismo tiempo que sea intransigente en la defensa de los principios políticos y los valores éticos.

Además, el líder debe saber promover oportunidades para que todos cooperen, en la medida de sus posibilidades, a resolver los problemas comunes; que demuestre convicción, decisión y tenacidad, sin caer en la intransigencia; que reconozca sus debilidades, sus errores y tenga suficiente humildad para ofrecer disculpas cuando sea necesario; que identifique las cualidades de los demás y los elogie cuando es necesario y oportuno; que no haga críticas innecesarias y mucho menos negativas; que nunca manifieste rencor o insatisfacción; que pueda mantener el orden y controlar su carácter; y que tenga hidalguía para reconocer con dignidad las ventajas y las victorias de sus adversarios.

Por supuesto que lo antes dicho resume un modelo de líder político que en las circunstancias actuales de Nicaragua parece mucho pedir. Pero siquiera un mínimo de esas cualidades debería tener quien pretenda motivar a una población que está urgida de un liderazgo que la pueda conducir a derrotar el caudillismo o caciquismo corrupto y autoritario que ha envilecido a la sociedad y frena el desarrollo nacional.

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