Elecciones no garantizan democracia

Edmundo Dávila Castellón*

Las llamadas “elecciones libres” no son más que un simple mecanismo cívico de los ciudadanos para votar políticamente por candidatos que se consideran capacitados o idóneos para ocupar un cargo público y regir los destinos de un país. Así se acostumbra hacer en Nicaragua desde 1990, en que ilusoriamente se instauró “la democracia”, sólo por el hecho de que empezaron a efectuarse elecciones serias presidenciales, a las que se refiere principalmente este artículo, después de 56 años de sucesivas dictaduras.

Muy poco o nada se ha logrado desde entonces (por no decir que se ha retrocedido vergonzosamente) en materia de progreso, desarrollo social y económico del país; mucho menos en el aspecto político, de mala imagen, siempre azaroso e inestable, poniéndose en tela de juicio las supuestas bondades y ventajas de la democracia, que sólo saben aprovecharla y adecuarla debidamente los países más avanzados en moral y cívica ciudadanas.

Los problemas, conflictos y aberrantes anomalías políticas que se han presentado siempre después de las elecciones en Nicaragua, incidiendo gravemente sobre los aspectos sociales y económicos del país y distorsionando generalmente el voto y las expectativas populares, han desvirtuado por completo el concepto de una democracia normal y apacible.

El voto de la mayoría se entiende filosóficamente como “la voluntad general”, o sea el poder que emana de la totalidad. Esto obliga a que, en los gobiernos elegidos por el pueblo bajo un sistema democrático, debe existir posteriormente y en todos los poderes, una rigurosa correlación matemática de fuerzas entre partidos, conforme los resultados obtenidos en las urnas electorales. Ninguno de estos partidos tiene derecho a predominar o adueñarse de poder alguno del Estado para su propio beneficio y por ende el de los individuos que lo integran.

Aunque la minoría debe respetarse y tener la participación que le corresponde en el Gobierno, dicha fracción minoritaria nunca debe tratar de imponerse dentro de las esferas del poder político, por medios deleznables, tales como presiones, subterfugios, amenazas, chantajes, etc.

Si tal fenómeno anómalo e inconstitucional llegare a presentarse, esto se llamaría “dictadura”, que es precisamente la negación de la democracia. Las elecciones perderían su razón de ser y no cabría hablar de democracia.

La democracia, por su naturaleza, no puede ser un barco a la deriva, con las aguas en su casco arriba del nivel de seguridad por “exceso de peso soportable”, en constantes zarandeos y temor de naufragio. Si un país vive sumido en conflictos y trastornos internos permanentes, frustración, desamparo, miseria moral y material, no se cumple con las condiciones mínimas ni con los objetivos fundamentales que persigue una democracia liberal y por lo tanto es evidente que en tal caso las elecciones no conducen a la democracia.

De lo anterior se colige que después de los comicios presidenciales y principalmente en los países subdesarrollados como el nuestro, el pueblo no sólo tiene que estar alerta y vigilante para que se cumpla con los resultados electorales de mando, sino que debe velar por la justicia, la dignidad y la libertad ciudadanas, que implican el óptimo desempeño general del gobierno electo. De otra manera no existe control a los gobernantes ni seguimiento efectivo, beligerante ni satisfactorio a las elecciones y por lo tanto, éstas no contribuirían en manera alguna con la democracia.

En algunos países subdesarrollados como Nicaragua, debido en parte a que constitucionalmente no existe la llamada “revocación” de funcionarios ineptos, curiosamente se permite la “incapacidad total” de los gobiernos (sean éstos o no corruptos), a quienes no se juzga enérgica y punitivamente, ni se exige el cumplimiento mínimo efectivo de sus funciones políticas y administrativas durante su gestión y en consecuencia el progreso de dichos países resulta prácticamente nulo, produciéndose como es natural, el estancamiento y la involución vergonzosa del país tolerante y apático.

La democracia por definición y etimología es la soberanía, la autoridad, el poder del pueblo. Las elecciones apenas son el comienzo, el primer paso, pero no constituyen, por sí solas, la democracia, porque luego hay un largo trajinar.

Gobernantes y gobernados: pensad en que, para obtener sus frutos, la verdadera democracia necesita ser seria, congruente y respetable. En la historia reciente de Nicaragua desde los noventa, se ha demostrado palmariamente y hasta la saciedad que las elecciones nunca han simbolizado la democracia.

Eso es todo lo que necesitáis saber y recordar. ¿Por qué habría de ser para vosotros tan difícil de comprender estas sencillas reflexiones, cuando todo lo habéis visto, experimentado y tolerado en vuestras propias vidas?

* El autor es ingeniero civil

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