Por la no violencia y la paz

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Por la no violencia y la paz





La Policía Nacional protagonizó el lunes de esta semana un hecho sin precedentes, al marchar por las calles de Managua y otras ciudades del país bajo la consigna de: “por la vida, la no violencia y la paz”.

Es comprensible esta actitud policial. La violencia universitaria de los días anteriores ha golpeado a los policías de la manera más dolorosa, con la muerte de uno de sus compañeros. En realidad, a los policías les toca enfrentar directamente el ataque de la violencia. Y no sólo de la violencia delincuencial común, como por ejemplo el horrendo asesinato de los cuatro policías en Bluefields sino también la de quienes se resisten a un desalojo por mandato judicial, o los universitarios que los atacan con morteros cuando los policías quieren garantizar la libre circulación de personas y vehículos, como es su obligación.

La sociedad nicaragüense todavía está afectada por la enfermedad de la violencia. La resaca de las guerras civiles sigue causando daño al país, porque sectores politizados y extremistas respaldan cualquier protesta o demanda reivindicativa con el uso de la violencia contra las autoridades y la propiedad pública y privada, e inclusive contra personas particulares.

Pero el recurso de la violencia no es exclusivo de Nicaragua. Es un problema de América Latina en general, y de hecho de toda la especie humana. Sin embargo en muchos países la violencia se ha logrado erradicar a base de educación, desarrollo económico, prosperidad y fortalecimiento institucional; mientras que en los países pobres persiste la violencia por los graves problemas sociales acumulados, por la debilidad de las instituciones y la ley, y por la falta de educación de las personas.

Inclusive, en Nicaragua la violencia gozó durante mucho tiempo de prestigio social, porque se le asoció con la lucha por la libertad y la defensa de los derechos individuales y sociales. Durante la época somocista, la violencia política fue considerada como una virtud política: eran respetables y heroicos los que se alzaban en armas contra la dictadura o luchaban contra ella aplicando cualquier forma de violencia, mientras a quienes abogaban por medios pacíficos, cívicos y reformistas para conquistar los mismos objetivos, se les acusaba de colaboracionistas, revisionistas y cobardes, y se les vilipendiaba.

Lo mismo ocurrió cuando el régimen sandinista. Por un lado sólo se consideraba válida la lucha armada contra los sandinistas, y por su parte éstos hicieron de la defensa armada de la revolución un timbre de orgullo personal y la condición indispensable para tener derechos y privilegios.

No obstante, la violencia es una deleznable forma de cultura política que ha sido superada por el desarrollo histórico de Nicaragua y por la vigencia, aunque limitada, de la democracia y la libertad. Sin embargo sólo algunos sectores sociales y políticos minoritarios mantienen viva la inclinación a la violencia y recurren a ésta cada vez que quieren conquistar o defender un derecho o un privilegio. Tal es el caso de los estudiantes, profesores y burócratas universitarios del sector público, que reciben una enorme cantidad de dinero del presupuesto nacional mientras casi un millón de niños no pueden estudiar por falta de escuelas y maestros, y mientras los docentes son deplorablemente remunerados y las instalaciones escolares adolecen de todo. Y sin embargo los universitarios quieren más dinero, y para obligar al Gobierno que se los dé, recurren a la violencia como ha ocurrido —otra vez— en los últimos días.

Ninguna sociedad puede resolver sus problemas por medio de la violencia. Más bien los empeora. Los recursos para las universidades y para atender como se debe a los otros sectores de la educación nacional, así como para resolver cualquier problema social, sólo se consiguen con trabajo, y para eso hay que vivir en paz, acatar la ley y respetar el derecho ajeno.

Y no es necesario esperar a ser ricos y educados para erradicar la violencia política y social. Por el contrario, hay que ser pacíficos y laboriosos para poder ser ricos y educados. Y para eso hay que tener una Policía fuerte y competente para salvaguardar el orden público y combatir el crimen, inclusive el de quienes atacan a morterazos a la autoridad para impedir que cumpla su deber.

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