Abrir los ojos a tiempo

Luis Rivas Leiva

Antes de presentar mis propias verdades quiero, a manera de introducción, dejar sentadas dos de ellas que servirán para validar su contenido: que no soy, ni nunca he sido liberal, y que mi objetivo principal no es atacar políticamente al partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Debido a que he venido observando a muchos dirigentes democráticos y organizaciones de la misma línea que día a día se desbordan en ataques públicos y privados hacia el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), en un afán no disimulado en destruir o por lo menos debilitar sus estructuras, cabe hacer algunas reflexiones y señalamientos que a lo mejor puedan servir para percatarse que de esta manera se hace tremendo daño a nuestro incipiente y aún joven sistema democrático.

Cuando me refiero a este modo de vida por supuesto estoy excluyendo al FSLN, que por su propia voz ha expresado reiteradamente que su pensamiento ideológico es el socialismo, sistema que como todos sabemos es para el mundo occidental enemigo de la democracia y, además, un fracaso total, como lo demuestra el derrumbe catastrófico de la Unión Soviética y sus satélites.

A lo largo de la última década, el escenario político ha estado dominado por dos grandes estructuras, el PLC y el FSLN, que han ratificado este dominio contundente en los diferentes procesos electorales, alzándose el PLC con la victoria por un porcentaje considerable de votos.

Este paralelismo, en el pasado también tuvo su similitud: liberales y conservadores.

En vano otras organizaciones y alianzas han tratado de abrir un espacio a una tercera fuerza y han fracasado. Yo mismo lo intenté con otros muchos, que ya sea antes o después tampoco lo lograron. El origen es motivo de un estudio y análisis para otra ocasión.

Ante estos hechos a los demócratas queda sólo un vehículo viable para continuar con nuestro proceso, el cual comparativamente se encuentra abollado, con llantas en mal estado, con fallas en el motor y sin un buen conductor. Todo eso es remediable y creo que el PLC estaría en condiciones de realizar acuerdos pendientes a corregir estos defectos y presentarse una vez más en la competencia que, además está muy próxima, donde ese vehículo esté en condiciones de desbordar al otro que se llama FSLN.

No hay que equivocarse, si se continúa con las intenciones de destruir o dañar aún más al vehículo PLC, hasta las elecciones presidenciales del 2006 se pueden perder, y esto sería catastrófico para Nicaragua y para la democracia. Para entonces, o por lo menos cuando las encuestas estén señalando al FSLN y su convergencia como ganadores, estarán los empresarios y capitalistas trasladando su dinero a no sé qué nación, los jóvenes buscando visas para EE.UU. y otros países del área o tal vez marchando ilegalmente por veredas, los inversionistas extranjeros cancelando sus boletos hacia Nicaragua; y los que se queden en el país, preparándose para el racionamiento, la persecución y la guerra.

A propósito de guerra, por mucho que digan los que niegan que todo este apocalipsis no sucederá, quiero recordarles que la guerra con la Contra, financiada por EE.UU., no fue provocada por factores externos sino motivada por el sentido ideológico y la forma de gobierno de la Revolución Popular Sandinista, y ellos desde el comienzo lo sabían y se prepararon para ella.

De tal manera que un triunfo sandinista plantea en términos reales otra confrontación armada, con sus grandes consecuencias económicas y su resultado nefasto: el servicio militar obligatorio.

No hay que cerrar los ojos, que el FSLN los tiene bien abiertos. No hay que ponerle diques a la mente, que el FSLN la tiene bien expedita. No se debe obnubilar la memoria sobre el pasado cercano, que el FSLN no olvida nada.

Hay un dicho popular que reza: “Lo que hace el vivo al principio, lo hace el tonto al final”. No hay que tratar de remediar al final lo que se pudo componer en buen tiempo.

Ya se pagó con creces el error de apoyar antes de 1979 al FSLN, en el afán de dar al traste con la dictadura somocista: costó más de 50,000 muertos, alrededor de 12,000 millones de dólares de deuda externa y 50 años de atraso, término que todavía no se ha cumplido.

Es tiempo aún, y esto es válido no sólo para el gobierno y las fuerzas democráticas y el capital, sino también para la dirigencia del PLC, porque sus bases como he podido constatar están dispuestas de tal manera que un entendimiento no es difícil.

A aquellos que les cuesta sentarse a dialogar con elementos del PLC les quiero hacer un señalamiento: va a ser infinitamente peor volver a estar en las condiciones de los años 80, tal vez no en tan drásticas circunstancias, pero sí muy pero muy parecidas.

El autor es político socialdemócrata.

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