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Libertad y responsabilidad de prensa
Hoy –3 de mayo– se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, que fue establecido para conmemorar la proclamación de la Declaración de Windhoek, un documento de principios fundamentales para la defensa de la libertad de prensa adoptado en 1991 durante una reunión de periodistas africanos auspiciada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
Este año, el Día Mundial de la Libertad de Prensa se conmemora deplorando la represión que sufren en diversas partes del mundo donde imperan regímenes autoritarios, las personas que ejercen o quieren ejercer el derecho a la libertad de información y opinión. Pero también hay satisfacción por la reciente aprobación en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de una resolución de condena al régimen de Fidel Castro en Cuba y de respaldo a los veintiocho periodistas cubanos que cumplen penas de hasta 27 años de presidio, entre ellos el vicepresidente regional de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Raúl Rivero.
En lo que respecta a Nicaragua, es necesario recordar en esta ocasión que por falta de voluntad política de los titulares de los poderes públicos todavía no se aprueba una ley que permita ejercer el derecho de acceso a la información de carácter e interés público. Sin embargo fue aprobada por la Asamblea Nacional –aunque todavía no está vigente–, una ley que apunta a restringir la libertad de información al convertirla en privilegio de las pocas personas que puedan obtener una credencial del Colegio de Periodistas.
Además, la celebración en Nicaragua del Día Mundial de la Libertad de Prensa está enlutada por el reciente asesinato del periodista disidente del FSLN, Carlos José Guadamuz, el 10 de febrero del año en curso. Si bien es cierto que en sus programas de opinión Carlos Guadamuz se expresaba en forma injuriosa de sus adversarios políticos, los que se sintieran afectados por sus excesos verbales pudieron hacer uso de la ley y recurrir a la justicia en vez de asesinarlo.
Lamentablemente, en Nicaragua no hay tradición de honrar la libertad de prensa en sí misma, por su inmenso valor intrínseco. La costumbre es agasajar a las personas que trabajan profesionalmente en el ámbito del derecho a la libertad de expresión que es inherente a la naturaleza humana y pertenece a todas las personas, no sólo a los periodistas.
Entre los periodistas igual que entre los profesionales y trabajadores de cualquier ramo los hay buenos y malos o regulares. De manera que, según sea el caso de cada persona, su trabajo puede ser objeto de elogios o de reproches y cuestionamientos. En cambio, el derecho a la libertad de prensa y a la libre expresión del pensamiento es una garantía perfecta, y por lo consiguiente está por encima de cualquier defecto de carácter y de los errores que puedan cometer las personas que lo practican en cualquiera de sus formas, incluyendo la periodística.
Ahora bien, como todo derecho, el de la libertad de información y opinión implica también la obligación de responsabilidad. Y aunque en una sociedad políticamente polarizada, cuyas instituciones están degradadas por la corrupción y los valores y principios son sometidos a un intenso bombardeo de disolución y relativismo moral, es muy difícil ejercer un periodismo responsable y ético. Sin embargo, por eso mismo es más meritorio hacer esfuerzos por ofrecerle al público una información veraz, imparcial y ética.
Por ejemplo, del mismo modo que se rechazan las intenciones de los titulares y representantes de los poderes públicos y privados, que pretenden hacer de los medios de información y de los periodistas sus agencias y agentes informales de publicidad, también es necesario evitar la manipulación de la información y la tendencia a señalar como corruptos a todos los funcionarios públicos y políticos, sólo porque son tales.
En realidad, el mejor tributo que el periodismo le puede y le debe hacer a la libertad de prensa; y la mejor forma de defenderla, es practicando la autocrítica, revisando sus errores y sometiéndose a las responsabilidades profesionales y éticas que impone el ejercicio de la libertad de prensa y del derecho a la libre expresión del pensamiento.