Adolfo Bonilla
Atrás quedaron los años sesenta y setenta, tiempo en que en Managua se celebraba el Día Internacional de los Trabajadores (primero de mayo) con desfiles unitarios de las centrales sindicales de distintos signos ideológicos; cuando en una ocasión —en plena Guerra Fría— resonó la consigna del sindicalismo cristiano: “Ni Washington ni Moscú”, que opacó todos los demás coros de la multitud laboriosa desplegada por las calles de la capital pre-terremoto 72.
Pasaron también los años ochenta, etapa tenebrosa para el movimiento sindical autónomo, independiente, democrático y auténtico, cuando se trató de imponer desde arriba una central única como correa de transmisión de la revolución marxista-estalinista, reprimiendo los brotes sindicales de protesta, inequívoca contradicción entre lo que el régimen propalaba (“trabajadores al poder”) y lo que en verdad se hacía (reprimir las expresiones legítimas de los propios trabajadores)
Asimismo transcurrieron los años noventa, sin pena ni gloria para el movimiento sindical. Mucha agua ha corrido bajo el puente y la situación de la clase trabajadora sigue, si no igual, peor. Han cambiado drásticamente los escenarios, pero la tragedia de los trabajadores perdura inalterable en escena. Nicaragua ha sufrido cambios de Gobierno, de régimen y hasta de sistema, más la gran mayoría de la población continúa abandonada, desprotegida, angustiada, desesperada.
Los trabajadores todavía no acceden al poder, pero lo grave es que ese objetivo desapareció de la agenda de los trabajadores organizados, que era uno de los principales fines del sindicalismo impulsado por la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT). Ya no se habla nada de eso ni sobre tantos anhelos y aspiraciones del movimiento de los trabajadores. Según el doctor Alejandro Serrano Caldera “vivimos un tiempo de crisis… más que cambios en el mundo lo que está ocurriendo es un cambio de mundo que exige una formulación ética, teórica y política que le dé sentido y dirección” (razón, derecho y poder)
Al igual que los partidos políticos, las organizaciones sindicales ya no ostentan ninguna ideología (sólo han quedado las etiquetas), pero lo más triste de todo esto es que aparentemente ya no sustentan objetivos a mediano ni largo plazo. Han quedado entrampadas en el cortoplacismo. En el fondo han llegado a perder su razón de ser, su esencia, se han desnaturalizado. Han quedado castradas de sus impulsos naturales para diseñar su propia política de los trabajadores, por los trabajadores y para los trabajadores.
Más que rezagado pareciera como si el movimiento actual de los trabajadores de Nicaragua ha quedado desfasado, como si permaneciese perplejo ante los cambios vertiginosos ocasionados por los dramáticos avances de la ciencia, la tecnología y la globalización que inevitablemente llegan hasta este rinconcito del planeta.
No obstante, para que un sueño se haga realidad es preciso primero soñar, y la organización sindical —al igual que la persona— que no sueña está muerta en vida. Los trabajadores tienen que crear su propio proyecto para salir de la miseria integral en que la historia los ha sumido, pero además tienen que comprometerse a trabajar para forjar una estructura fuerte, sólida y solidaria, capaz de reivindicar los genuinos intereses de la población desamparada y hacer valer sus derechos como trabajadores, como ciudadanos y como personas.
Un clima frío, indiferente, incierto, inunda este primero de mayo a la mayoría del pueblo, lo cual debe plantear un serio desafío a los trabajadores de la ciudad y el campo. Nunca es tarde para intensificar la lucha unitaria de los trabajadores con el fin de labrar un futuro mejor para todos.
El autor fue sindicalista