Bayardo Quinto Núñ[email protected]
Es una noción de determinismo. Interesantes opiniones han sido expresadas acerca del tema político nacional nicaragüense. Sin demeritar la significación de esta figura política pública, se entiende que si hay cambio ético en la conducta del hombre inmerso en la sociedad y los hombres al servicio del poder público —gobierno—, ante la destrucción de ambiciones, gozaríamos de una excelente estabilidad social, porque estaríamos en presencia de una buena andanza de los asuntos sociales y de Estado considerado todo para un futuro mejor.
La visión mística de la vida efectivamente en Nicaragua ha sido reemplazada por el sentido utilitario político, y se han olvidado de la fuerza originaria y de la sabiduría del pueblo en su expresión genuina.
Entonces, hay que abrir a la luz pública los ojos de aquellos políticos ciegos, para poder tener la dicha que con la primera mirada nos llegue la inocencia de la claridad del mañana.
Actualmente la política pública es la que está insertada, o mejor dicho, la que se practica dentro de los poderes del Estado. Como arguye Nicolás Maquiavelo en El príncipe: “El que llega a ser príncipe con el favor del pueblo, debe mantener su amistad, lo que le será fácil, ya que el pueblo solo pide que no se le maltrate”. Bella y excelente expresión de Maquiavelo.
De tal suerte, es condición de condiciones que el servidor público se apropie de más y más conciencia de trabajo y voluntad de hacer política para la gente y no para unos cuantos, haciendo un análisis rico y reflexivo que integre también el material empírico producido por el pueblo para fortalecer la nueva nación y el Estado nicaragüense del siglo XXI, su democracia y el bienestar común.
Es evidente que los elementos que conforman la llamada agenda para la gobernabilidad democrática nacional son numerosos y complejos en un país empobrecido como el de Nicaragua. Incluso, se puede seguir creyendo que quien representa al Estado, por capaz y poderoso que sea, está en capacidad de solucionarlo todo y dejar satisfecha a la totalidad de la población, pero mientras se mantenga alejado de la política convencional a la ciudadanía se hace un poco imposible salir avante, el desarrollo avanzaría forzado.
A estas alturas del proceso político nacional, la herramienta más importante, a mi juicio, es aquella orientada a la motivación ciudadana para emprender las acciones políticas de cambio, es lo que se denomina liderazgo ciudadano.
Cuando el ciudadano está pleno de ideas, información, entusiasmo, y se muestra ansioso por encontrar formas que faciliten la instrumentación de los acuerdos y las decisiones resultantes a la terminación concebidas especialmente para trabajar con el gobierno de turno y con las instituciones, buscando siempre la interrelación entre el público y el aparato gubernamental en lo que significa la activación de estrategias políticas con el objeto de motivar al ciudadano a interactuar con el Estado y a hacerlo con más gusto y confianza. Esa es esencialmente la política para todos.
Y, como dice Gustave Flaubert en su libro La tentación de San Antonio: “Nunca se puede saber la suerte que nos depara el destino”. Si dejamos de ser interesados, ambiciosos, envidiosos y volcamos la mirada hacia el bien común y del Estado considerado como un todo, entonces sabremos a ciencia cierta nuestro destino. Que el poder y sus tentaciones no ejerzan en nosotros su influencia.
El autor es abogado y notario.