Hortensia Rivas Zeledón
A propósito de que ayer se cumplieron 14 años de la primera derrota electoral del FSLN y del fin del régimen sandinista, cabe recordar que en 1979 los nicaragüenses tenían dos alternativas para sustituir a la tiranía somocista: una cívica y democrática representada por el Frente Amplio de Oposición (FAO), y otra violenta y totalitaria representada por el FSLN. Pero el pueblo despreció a la primera y respaldó a los revolucionarios que sólo querían sustituir una tiranía por otra más cruel y corrupta que la anterior.
Ése fue un pecado capital que se ha pagado muy caro. Desde entonces en Nicaragua no se ha visto el sol claro y el país vive prisionero de un cacique mesiánico, acomplejado y perverso.
Después los nicaragüenses trataron de enmendar su pecado y el 25 de febrero de 1990 el 54 por ciento de los electores votó por el cambio que la Unión Nacional Opositora (UNO) le prometía al pueblo y que la señora Violeta Chamorro se comprometió a cumplir antes de ser escogida como candidata presidencial.
Pero la misma noche de su derrota electoral, el 25 de abril de 1990, el FSLN comenzó la táctica de chantajes y amenazó con hacer un baño de sangre antes que aceptar el triunfo de la UNO y de doña Violeta. Y con la mediación de Eliot Richardson, de la ONU; Joao Baena Soares, de la OEA y el ex Presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, quienes aconsejaron a los ganadores que lo importante era tomar el poder, lograron mediatizar el cambio.
A mediados de mayo y de julio de 1990 los sandinistas hicieron las primeras asonadas; la segunda vez hubo barricadas con revoltosos armados y amenazaron con derrocar al Gobierno. No lo iban a hacer, en realidad, pero allí comenzó el contubernio.
En el año 1991 el Partido Conservador introdujo la propuesta de Ley 133, o de la propiedad, para tratar de revertir la piñata sandinista. El señor Daniel Ortega amenazó con poner bombas en las casas de los diputados que votaran a favor de esa Ley y en agosto de 1993 secuestraron a un grupo dirigentes de la UNO para mediatizarla.
Luego obligaron al Gobierno a fiarles buses y taxis a las cooperativas sandinistas, y cuando se pretendió cobrarles se tomaron Managua por una semana y asesinaron al subcomandante de la Policía, Saúl Álvarez, en Portezuelo.
El 20 de octubre de 1996 tiraron a los basureros las bolsas llenas de boletas con los votos de los ciudadanos, para descalificar el triunfo liberal. Luego, en abril de 1997 hicieron una mini asonada que si no hubiera sido por la cobardía de los dirigentes liberales que cedieron ante ellos, se les habría caído al siguiente día. Ése fue el comienzo del pacto Ortega-Alemán que produjo mayor corrupción y retroceso.
En el año 2001 el pueblo volvió a votar por el cambio que prometía don Enrique Bolaños, quien ha llevado sólo y cuesta arriba la lucha contra la corrupción, sin el apoyo de los diputados liberales porque muchos de ellos también se han enriquecido con el dinero del pueblo y temen que les pase lo mismo que a Alemán.
Los nicaragüenses son reincidentes aunque siempre pagan sus pecados políticos. Así como en 1979 apoyaron al FSLN, en 1996 respaldaron a Alemán a sabiendas de lo que era y en el 2001 votaron por los diputados corruptos de la lista del PLC. Por eso el país entero está de rehén de los capos de las dos pandillas que el pueblo ha preferido.
Pero son los mismos nicaragüenses los que deben decidir si de verdad quieren cambiar las cosas y que haya Estado de Derecho, que se acabe la corrupción, que mejore la economía, que haya esperanza en el futuro y que los que ajustan cuentas hasta a sus propios camaradas no sigan imponiendo su capricho.
Hay que tomarse las calles y respaldar las reformas indispensables para fortalecer la democracia. Las cosas no se hacen solas, si no se empujan después no habrá derecho ni siquiera de lamentarse porque los pecados se pagan. Por eso es que todavía se está pagando el haber apoyado a una pandilla de aventureros corruptos y cínicos.
La autora es directiva del Partido Conservador