Eduardo Enríquez
Ha sido una semana negra para la gente del Ministerio de Transporte e Infraestructura, y por ende para el Gobierno. Dos proyectos de gran visibilidad: la ampliación de la carretera a Granada y el Año del Adoquín, están siendo fuertemente cuestionados.
Ambos proyectos son ideales para presentarlos como ejemplos de un gobierno que está desarrollando el país, pero desgraciadamente ambo están empantanados.
La semana pasada, el ministro de Transporte e Infraestructura, Pedro Solórzano, inauguró –muy a su estilo– el “Adoquinómetro”, un monumento colocado en la plazoleta frente a su ministerio que está supuesto a medir el avance para cumplir la meta de adoquinar un kilómetro por día en este año. Pero desde el primer día de inaugurado el atraso es evidente, ya que van más de 100 días en el año y según el “Adoquinómetro” todavía no llega a 50 kilómetros.
Además, hay fuertes cuestionamientos de parte de expertos en cuanto a que aquí ni siquiera hay capacidad suficiente para producir la cantidad de adoquines necesaria para adoquinar 365 kilómetros en un año. Tampoco la suma de los proyectos del MTI da esa cantidad de kilómetros y donde los proyectos ya han terminado la gente se queja que en lugar de carreteras parecen andenes porque los hicieron demasiado angostos, lo que además de crear un problema de seguridad crea también un problema de imagen. Hacer algo mal hecho es igual a no hacerlo.
El golpe propagandístico de la meta inicial es claro, se compararía con la cacareada campaña en tiempos de Arnoldo Alemán que aseguraba que inauguraba una escuela por día.
Sin embargo, lo triste es que ahora, por haberse puesto una meta “al bolsazo” aunque adoquinen 150 o 200 kilómetros, será un fracaso, porque nadie sabe que lo máximo que se ha adoquinado en años anteriores son 30 kilómetros.
El caso de la carretera a Granada es similar. Hasta ahora parece –porque todavía quedan muchas preguntas sin responder y aún está por verse cómo y por qué el MTI se metió en semejante chasco– que en un afán por ahorrarse unos milloncitos y aparecer “eficientes”, la gente del gobierno optó por la empresa que ofrecía un proyecto peligrosamente subvalorado, y los resultados los estamos viendo ahora. Cuando van cinco meses de trabajo no se ha completado un solo kilómetro de los 31.5 que se deben ampliar y que hasta ahora deberían haber completado siete.
Lo que todo esto deja claro es que no basta la honestidad y la buena intención para que las cosas salgan bien. Pero ahora hasta eso está en entredicho, porque si a la gente se le ofrece adoquinar 365 kilómetros y luego lo que se hace son andenes, pues hay muy poco de honestidad y buena intención, aunque no se hayan robado ni diez centavos.
Un gran problema –aunque seguramente no el único– que ha contribuido a esta situación es que ambos proyectos son financiados con dinero externo, y muchos nicaragüenses tienen la impresión de que ese simple hecho garantiza la eficiencia y efectividad y que porque son fondos del Banco Mundial o dinero regalado de España, pues todo va a estar bien. Cuando en realidad en muchos casos la experiencia ha sido otra.
El hecho de que semejante situación se dé en la carretera que el presidente circula al menos dos veces al día deja mucho que pensar sobre lo que estará pasando en el resto del país. Es bueno ser honesto, querer ser ahorrativo y tener buenas intenciones, pero eso no basta. Hay que revisar qué está pasando.