Joaquín Absalón Pastora
Nicaragua es una nave milagrosa que boga sobre el mar sin conducción armónica. En su recorrido por las aguas se identifica con el distintivo oficial de República, pero en el fondo —dolorosamente— ese parece ser apodo y no legítimo nombre.
Ahí va el barco, solo, huérfano del amor de sus caciques peleando en la travesía, armando marrullerías, empujados por el deseo reincidente de poner como tema la defensa de los lucrativos intereses personales.
Sin embargo aunque ese ha sido su destino —amanecer y pernoctar en turbulencia— la conducta de andar con capitanes distantes, no la ha llevado al naufragio. La nave sufre estremecimientos pero no se hunde.
La República seguirá así en lo que resta del actual período presidencial. El extremo previsto no está lejano. La velocidad del tiempo lo pone “en la vuelta de la esquina”. Para el 2006 estarán electos los nuevos dirigentes de la nación en los diferentes y primarios niveles. En cada una de sus primicias, cabe la esperanza.
Sólo así se explica la reinserción a la normalidad, al arte traicionado de gobernar con adaptabilidad, a los requerimientos de la población, soslayados los estrictamente ceñidos al oportunismo chaquetero.
En estos no tan dorados tiempos se habla de constituyentes, de golpes técnicos, de “perdonarle la vida” presidencial a quien fue abrumadoramente electo por parte de alguien que no tiene ninguna atribución para hacerlo. Ortega fue el primero en amenazar con poner al mandatario en El Raizón (residencia del presidente Bolaños) con la casa por cárcel, imitando el caso del doctor Alemán y fue también el primero en negarlo en el más reciente encuentro, aduciendo cínicamente que “eso nunca ha estado en la agenda de su partido”.
Se habla de recomponer la Junta Directiva de la Asamblea Nacional cuando los peticionarios fueron los culpables de haberse excluido, alegando dignidades de la soberanía que no tuvieron ni el estrecho valor de un cacahuate cuando estuvieron en el poder. Se habla de leyes nuevas cuando lo elemental es que todo ese mal sabor de antaño sea cambiado por nuevos rostros políticos. Nuevos porque los viejos fracasaron en su gestión. En la combinación de la ignorancia y de la mala fe, todo lo han hecho mal.
Sin embargo es correcto reconocer la necesidad de hablar con las principales fuerzas políticas del país y más funcional es que el Presidente de la República se entienda con el partido que lo apoyó en su candidatura, pues fue esa organización la electa mayoritariamente por el pueblo nicaragüense. Pero los efectos han sido tormentosos porque los aliados naturales tienen otras prioridades.
Ortega anda de grupo en grupo, con un aro parecido al que usan los saltadores infantiles, sale de la oficina de don Enrique pensando en que si éste no cumple con sus caprichos puede acudir a la juez que tiene las llaves de la puerta que confina al líder del PLC.
Lo bueno es que se arreglen los tres para acabar con el problema al margen de los “razoneros” cuya función es pasar el cuento. Es menester unificar conceptos en aras de impedir el naufragio. Lo malo es la ausencia de los interlocutores válidos, serios y creíbles. Y eso porque cada uno tiene su óptica, su visión, su libre albedrío. Mientras tanto el Presidente está solo, sin diputados con quienes dirimir tanto fastidioso entuerto.
Ortega —nuevamente— ha puesto a temblar a los PLC, y no es nada raro —siguiéndole la ruta a la rutina— que los PLC preparen una estrategia para devolverle el temblor al dirigente sandinista. Así anda el destino del parloteo nocturno, de tercia en tercia, sin que asome una resolución definitiva y eficaz.
Mientras el pueblo no los cambie con su voto no le veo a este espectáculo lleno de castañuelas disonantes y sucios ombligos, ningún porvenir, más que la fatal posibilidad de seguir el buque en la fruslería, despojado de los buenos capitanes. Muchos otros diálogos habrá dentro de la tradición repetitiva de convocarlos, más no cabe duda: el verdadero diálogo nacional se dará en noviembre del 2006.
El autor es periodista.