Juan Bosco Cuadra
¡“Ecce Homo”! (¡He allí al Hombre!) dijo Poncio Pilato ante la multitud que pedía a gritos su crucifixión, después de haberle dado un castigo cruelísimo de azotes, burlas y salivazos a Cristo, Nuestro Señor.
Lo mismo podríamos decir de Mel Gibson en su película La pasión de Cristo. En ella nos mostró todos los padecimientos que tuvo que soportar Jesucristo en su Pasión, sin considerar, a mi parecer, otros aspectos de mayor relevancia.
En primer lugar, existen algunos errores y omisiones en la descripción del guión de la película, desde el Huerto de Getsemaní hasta su muerte en la cruz.
Según San Lucas (22,43), no fue el Demonio el que se le apareció de una forma visible en el Huerto de Getsemaní, sino un ángel (“Entonces —dice Lucas— se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba”).
Cristo en el Huerto suda como gotas de sangre (Lc. 22,44) por la impresión que le causó la terrible muerte que le esperaba. Sufre como “hombre y es consolado por un ángel”, por su condición humana más que divina. Este pasaje es muy importante porque nos revela que, como hombre, necesitaba la fuerza de Dios para hacer su voluntad y no la suya.
Por otro lado, su condición “divina” se develó también en el Huerto de Getsemaní cuando los soldados de la Sinagoga preguntaron por él. Él les contestó: “Yo soy”. Dicen las Escrituras (Juan 18, 4–7) que tan pronto escucharon esta voz, “retrocedieron y se cayeron al suelo”. ¿Por qué?
Los intérpretes de las Sagradas Escrituras dicen que Jesús se reveló como Dios diciendo lo mismo que éste le dijo a Moisés en el Monte Horeb: “Yo soy el que soy”.
Si Gibson hubiera tomado en consideración estos dos pasajes de los evangelios de Lucas y Juan, es muy probable que todos comprendiéramos la doble naturaleza de Jesucristo Nuestro Señor, “verdadero hombre y verdadero Dios”.
La película de Gibson, a mi parecer, está mal enfocada desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras y de la tradición de la Iglesia Católica.
Los otros dos errores que le encontré a la película son los siguientes: el primero es que cuando Poncio Pilato le pregunta a Jesús: ¿Qué es la verdad?, me dio la impresión que este cuestionamiento del gobernador de Galilea era francamente sincero, lo que contradice a la tradición y a las Sagradas Escrituras.
En Juan 18 (33-38) nos describe pormenorizadamente el diálogo que entablaron. Pilato y Jesús. Después de decirle Jesús que su reino no era de este mundo y que todo el que es de la verdad escucha su voz, Pilato simple y cínicamente le preguntó: ¿Qué es la verdad?
Creo sinceramente que en la cima del poder, más que la franqueza y la sinceridad, es el cinismo y la doblez de espíritu lo que reinan allí.
Y por último, un error que no deja de ser importante es que no fue el templo el que se partió por la mitad como consecuencia del terremoto después de su muerte en la Cruz, sino el “velo del templo que se rasgó de arriba abajo”. (Mateo 27, 51).
Ese velo en el templo tenía un enorme significado para los judíos. Este velo “ocultaba” el Arca de la Alianza y al ser “rasgado”, todas las enseñanzas quedaban abiertas a la comprensión de la revelación de Dios por medio de su hijo Jesucristo.
Efectivamente, Cristo sufrió todos esos tormentos hasta morir en la cruz como un malhechor. En el Sagrado Manto de Turín —por ejemplo— se han llegado a contar hasta la cantidad de 120 azotes que recibió en todo su cuerpo.
Por otro lado, hacer patente y muy gráficos los sufrimientos de Cristo en su pasión, nos puede hacer olvidar las profundas verdades que allí se ocultaban. En otras palabras, el barbarismo que presenta esta película eclipsa, de una u otra manera, el mensaje y el significado de la pasión y la crucifixión de Jesús, el Hijo de Dios.
¿Quién padeció esta afrentosa muerte? ¿por qué padeció Jesucristo? ¿cómo padeció? y, ¿por quién murió en la cruz?
La película solamente nos expone la tercera pregunta, es decir, el cómo sufrió su pasión y muerte, las otras tres quedan sin ser respondidas, como en suspenso. “Pero al llegar la plenitud de los tiempos,-dice San Pablo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Galatas, 4, 4–5). Es decir, era el Hijo de Dios el que moría por nosotros, para hacernos Hijos de Dios por adopción. Esta cita responde a la pregunta ¿por qué padeció Jesucristo en la Cruz?
León Dufour, en su libro Vocabulario de Teología Bíblica, dice: “En el pensamiento de Juan no es la cruz sencillamente un sufrimiento, una humillación… sino más bien, la gloria de Dios anticipada”. La cruz ya no es una afrenta, sino la gloria de los cristianos”.
Y San Pablo dice: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor. 1, 23). Tanto escándalo como locura suelen ser interpretados el día de hoy como: violencia inaudita, barbarismo, sufrimiento inhumano, crueldad acérrima, carnicería, etc.
Para los verdaderos cristianos, el sufrimiento de Cristo es igual a redención y salvación, nunca escándalo o una locura. Jesús muere en la cruz por mí, por ti y por todos nosotros. En este sentido la pasión y muerte de Cristo tiene, especialmente, una dimensión personal. Creer, experimentar y sentir que Cristo murió por mis pecados y los tuyos, es comprender el gran amor que Dios tiene por cada uno de nosotros.
Lamentablemente estos tres enfoques brillan por su ausencia en la película de Mel Gibson. Aunque indirectamente (usando las Escrituras) hace alusión a ellos, no logra transmitir el verdadero mensaje de la redención y la salvación del género humano, por Jesucristo, el Hijo de Dios, por medio de su pasión y muerte en la Cruz.
Aunque algunas personas del mundo artístico consideran la película muy realista, porque refleja los verdaderos dolores y sufrimientos de Cristo, yo les pregunto: ¿Qué es más importante, el sacrificio de Cristo o el amor por el cual lo hizo? ¿Es que acaso esto no es también algo muy real cuando experimentamos tanto su perdón como su gracia cada vez que se lo pedimos por sus méritos alcanzados por estos sufrimientos?
El autor es filósofo nicaragüense.