Emilio Álvarez Montalván
Con cierta dosis de nacionalismo trasnochado, se critican las advertencias amistosas del club de donantes sobre conductas políticas internas, tildándolas de entrometidas. Sin embargo, olvidan los censores locales que quien estira la mano debe esperar consejos. Los gobernantes de los 30 años jamás fueron lastimados en su orgullo patrio porque financiaban con recursos estatales las obras de progreso: ferrocarriles, telégrafos, teléfonos y caminos transitables se realizaron sin pedir prestado a ningún país.
El desorden comenzó cuando el régimen dictatorial y militarista de Zelaya provocó inflación desenfrenada. Cuando ese régimen cayó por la intervención armada norteamericana se puso fin al descalabro económico.
Sin embargo los recursos para aliviarlo no fueron donados por Norteamérica, sino conseguidos en Wall Street bajo severas condiciones de préstamos. En efecto, el Tratado Castrillo-Knox que proveería fondos del tesoro estadounidense fue rechazado por el Senado de Estados Unidos. Cuado al Gobierno nicaragüense le faltó dinero para la reconstrucción, hubo que firmar el Tratado Chamorro-Bryan, que proporcionó un par de millones de dólares a cambio de la concesión canalera. Fueron fondos marcados de antemano para pagar deudas públicas y capitalizar al Banco Nacional. Sus acciones y las del ferrocarril fueron pignoradas. Hubo además que aceptar el Plan Lansig, que fijaba un magro presupuesto fiscal. Ésa era la costumbre en la primera mitad del siglo XX para que un país pobre obtuviera financiamiento externo.
Todo eso cambió con la Guerra Fría, al acostumbrarse nuestros gobernantes a esperar dinero gratis, que no obligaba a rendición de cuentas. Fue la época de la Alianza para el Progreso y AID, etc. Todo lo que se pedía a cambio era alineamiento con la potencia donante. Era la misma práctica seguida con su respectiva clientela incondicional por el internacionalismo solidario, presidido por la ex URSS en la década de los ochenta.
Al cambiarse en Nicaragua en 1990 el régimen marxistoide por el democrático, el dinero otorgado no se controló. Recuerdo que el Banco Nacional fue re-capitalizado dos veces por despilfarros y fraudes de los directores. Ese comportamiento de manga ancha terminó en 1993, en 1995 empezó la vigilancia del FMI, BM, BID sobre las ayudas entregadas. No obstante los abusos en los altos niveles gubernamentales prosiguieron, llegando la deuda externa a niveles inmanejables. Es verdad que un mecanismo de alivio como el HIPC nos salvó de una debacle financiera. Sin embargo los compromisos adquiridos para merecer la dispensa de la deudas externa son duros. Lo que ha empeorado las cosas es que los dos caudillos destrozaron con sus pactos nuestras instituciones, las que ahora no sirven para despertar confianza a los inversionistas y recibir ayuda fresca.
Es bajo esa luz que debe interpretarse el comunicado de los donantes. En vez de rasgarnos las vestiduras y darnos por lastimados en nuestro orgullo nacional, deberíamos reconocer que ese “intervencionismo” lo merecemos y que la manera de evitarlo es poniendo en orden al Estado. Los egresos deben compaginar con los ingresos. Los almuerzos “gratis” ya no existen.
El autor es analista político.