Un tiempo apropiado para la reflexión

Joaquín Absalón Pastora

Semana Santa vuelve a ser la anfitriona de la reflexión. Cada año en circulación por el aro del tiempo inspira la revisión de la conducta cristiana. Se pretende evitar que Cristo sea atropellado por la soledad para no darle margen al filósofo incrédulo para quien “el único cristiano es Cristo”. El resto según la tesis reductora padece las limitaciones de ser un mínimo y sólo circunstancial liturgista de su sacrificio.

Todavía una proporción de la humanidad viviente no entiende la razón por la cual la médula de la pureza fue inmolada y por disposición de su propio padre. Ese ha sido el análisis controversial de los teólogos situados, sin el ánimo de desconcertar a nadie, en la posición de la crítica constructiva que el ser, beneficiario de cinco sentidos básicos –para qué uno más– se resiste a cultivar porque la tendencia es virarse al lado de los planteamientos confusos.

Aun los escépticos no concuerdan con la actitud de los cristianos nominales inscritos en la agenda pagana con mayor delirio cada vez que la tradición celebratoria prende la mecha del recuerdo a través de múltiples y diferentes demostraciones. El jolgorio líquido y arenero no se da acaso cuando mayor es el sufrimiento del Mártir del Gólgota?

Sin embargo anotado ese desequilibrio incluso hormonal el viacrucis del Viernes Santo es visto en los barrios pobres, avivada la imaginación, en los municipios donde soportada para siempre la losa de las penas económicas, sostienen el teatro sagrado como el que vi hace un lustro en Masatepe.

Conviene insistir en la necesidad de que la pobreza siga enviando estos mensajes a los implicados en la gobernabilidad, a quienes en la figura de la obediencia simbólica juraron servir a la Patria para finalmente caer en el ordinario redil de servirse ellos mismos, para que también se inclinen ante los hechos milenarios haciendo calistenia de la modestia, olvidados de la arrogancia que los sumerge y convierte –a la mayoría– en trapos inválidos.

Cada cristiano ha sido convidado a depurarse ante el avance de los siglos. Ese auge no sugiere el languidecimiento del misterio eucarístico. De ahí que puestos de nuevo en la escena reminiscente será plausible el gesto de la revitalización de estos actos alusivos a las glorias y las tristezas de la religión como si se encendieran de nuevo y sólo en las formas las luces tal vez no ceñidas estrictamente a la historia pero sí despejadas y reverentes con aquella nota ensangrentada dejada al mundo.

Vi una vez –personalmente– a los soldados en el Perú, darle más duro al cuerpo en sus caídas inexorables pero no para regocijarse por hacerlo, sino para dejar constancia de haber sido los factores atroces de aquel dolor harto sufrido y tener la generosa oportunidad del arrepentimiento.

Las puertas están abiertas para la reflexión. El desenlace, el espectáculo injusto, cruento, vuelve a poner la corona de la victoria en los evangelios, el testimonio renovado de un acto en infinita floración.

El Plan Verano está racionalmente coordinado por la autoridad policial para que prevalezca el orden porque también existe el derecho de gozar vacaciones no dañinas a ningún tercero inocente, pausas merecidas en el áspero trayecto de la rutina. Pero también en el inevitable paralelismo en cada uno de nosotros cabe la otra alternativa: el oasis de un invicto yo interior.

El autor es periodista.

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