Migdonio Blandó[email protected]
La singular película de Mel Gibson, La pasión de Cristo, ha causado emociones e impresiones distintas a quienes la hemos visto.
Según entrevista hecha por el periódico católico “Our Sunday Visitor” al primer actor de la mencionada película, Jim Caviezel, él espiritualmente preparado quiso sufrir en su cuerpo el crudo martirio.
El testimonio en referencia fue publicado por el semanario Voz Católica, edición del 11 al 17 de marzo del año en curso. Si tal barbarie, copia de la realidad, se ha efectuado sólo para una presentación fílmica, ¿podríamos imaginar el flagelo y martirio que sufrió Jesús ofreciéndose como holocausto al Padre para redimirnos, dando con su sangre hasta el último hálito de su humana vida? Sin restar mérito al actor, no hay punto comparativo.
La actuación y resistencia física a tan inhumanas torturas, como él ha dicho, soportando parte de ellas, según él para ameritar la grandiosa representación, pidió con fervor al divino redentor la debida resistencia, desde antes y mientras duró la filmación, acudiendo diariamente a recibir la necesaria fortaleza en la Sagrada Eucaristía y pidiendo con el Rosario la intercesión de María, para que al verla reflexionando busquemos a Jesús.
Por insensibles que seamos, aún sabiendo que es película, al ver en la pantalla escenas de tanta crueldad creo que sólo siendo sádicos no se podría considerar que se cae tan bajo cuando ensoberbecido se aparta uno de Dios. Descontrolado así, fácil es caer en peligrosas tentaciones en que sentimientos, convertidos en pasiones, puede llegarse a la bestialidad, a veces peores que los más dañinos animales.
Esa bestialidad humana ha llevado a multitudes gregarias mal dirigidas a asesinatos atroces de víctimas inocentes, a cruentas y desastrosas guerras que se repiten en la historia sin válidas razones; a masacres y actos terroristas sin nombre, ejecutados por sicarios y abyectos esbirros que envilecidos han sembrado el terror en distintas partes del orbe, sin importarles ni un átomo las vidas que siegan y menos la destrucción que causan.
Así como los animales por lo general son gregarios, también los humanos lo somos. Tenemos en contra que la mayoría de las veces, al desconocerse los mandamientos de la Ley de Dios, el uso propio del raciocinio cae en poder de Satán e inflándose supera a la mayor de las bombas destructivas y al veneno más eficaz. Por tales y otras razones vale la pena reflexionar y apreciar en lo que vale el mensaje que ahora se nos da.
Vale la pena repito, que no sólo en Cuaresma y Semana Santa reflexionemos que la vida que se nos ha dado, Nuestro Señor Jesucristo con su gloriosa resurrección nos ha demostrado que aquí no termina, que trasciende al más allá, que debemos saberla aprovechar. Y que Él que vino a redimirnos, si con amor le seguimos, aceptándole como el Señor de nuestra vida, con Él y por Él viviremos a plenitud hasta la llegada a su Reino.
El autor es miembro de Eduquemos.