La presidenta de Conanca, Amalia Frech, perdió a su hija de siete años a causa de la Leucemia.
Para muchos Amalia Frech es simplemente la Presidenta y Fundadora de la Comisión Nicaragüense de Ayuda al Niño con Cáncer (Conanca), pero para los niños que se han salvado mediante el apoyo de esa organización, es su ángel de la guarda.
No fue la casualidad la que la llevó a fundar Conanca, para tristeza de ella fue un cambio radical en su vida. Fue la muerte de su hija mayor: Lidia. A los siete años de edad, a la niña le empezaron a aparecer extraños moretones en el cuerpo. De sonrisa fácil y siempre dispuesta a jugar, Lidia pasó a tener largos períodos de tristeza y decaimiento. Era evidente que algo andaba mal.
Amalia decidió llevar a Lidia al médico, quien recuerda le dijo: “Estás loca Amalia, la niña está bien, eso se le va a quitar”. Qué equivocado estaba. La niña no mejoraba y el corazón de madre, que pocas veces se equivoca, le decía a Amalia que algo debía andar mal.
Llegó el cumpleaños número siete de Lidia. El 11 de junio de 1974. Lo celebraron con una fiesta de disfraces. Jugó, sonrió. Fue feliz. Veinte días después caería en estado de coma. El diagnóstico: Leucemia.
Fue en el Hospital Vélez Paiz donde la niña, ya desahuciada, tantas veces juntó sus manitos para rogar a Dios la curara y le pedía a su mamá que pidiera con ella. Pero había un plan para Lidia. El 10 de enero de 1982 falleció.
La pérdida física de su hija destrozó a Amalia. Le reprochaba a Dios el porqué a ella le tenía que pasar esto. Precisamente a ella que “nunca había hecho nada incorrecto en la vida”. Se deprimió a tal punto que pasaba días y noches llorando en su cuarto. El resto del mundo no existía para ella. Sólo estaban su dolor y el recuerdo de su hija.
Su esposo, el periodista Fernando Alemán, con quien lleva casada 37 años, sus hijos, Dalia, de seis años de edad para entonces, Fernando José de tres años y Claudia Lucía de seis meses, dejaron de ser parte de su mundo cuando se sumergió en su dolor.
Hasta que un día descubrió a su esposo llorando y le preguntó: ¿Amor, qué te pasa? Él le contestó: “Estoy diciéndole a Dios que perdí a mi hija y a mi esposa. Estoy perdiendo a mi familia”. Esas palabras hicieron tambalear el mundo de tristeza de Amalia y pensó en que tenía tres hijos y un esposo, vivos, que la necesitaban tanto como ella a ellos y desde entonces dejó de reprochar por la pérdida de Lidia y comprendió que el plan de Dios sería convertir a Lidia en su inspiración para fundar una organización que salvaría la vida de nada más y nada menos que 540 niños con cáncer y provenientes de familias sin recursos económicos para costear sus tratamientos.