Ángela Saballos
En un artículo de hace unas semanas, Marcela Sánchez, columnista del Washington Post, decía que uno de los grandes problemas que está teniendo el actual Presidente de Perú es que entró al Gobierno sin implementar medidas en contra de la corrupción. O sea, Alejandro Toledo debió limpiar la mesa que dejó sucia Alberto Fujimori, su antecesor, para iniciar su gobierno en paz.
El comentario de Marcela Sánchez me hace reflexionar a dos años de que el presidente Enrique Bolaños iniciara este impulso en contra de la corrupción implantada por la administración que lo precedió, impulso que fue respaldado por casi un millón de firmas de ciudadanos que demandaron se juzgara a los acusados de corrupción.
De esta manera, mientras se iniciaban los procesos legales en contra de los corruptos —lo cual establecía un paradigma en América Latina— Enrique Bolaños, su equipo y el pueblo de Nicaragua se ocuparon de restablecer la credibilidad crediticia de Nicaragua ante la banca multilateral, aunque fuera en base a convertirnos, ya oficialmente, en un “país pobre altamente endeudado”. Luego, el Gobierno actual presentó el Plan Nacional de Desarrollo y se enfrascó en la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. La mesa —mal para unos, bien para otros— estaba puesta.
Mientras estos logros financieros se negociaban, los corruptos empezaron a salir de las cárceles. Es decir, uno de los factores desestabilizadores del país, como es la corrupción, salía de su cápsula, como la pus.
¿Qué pasó con los otros poderes del Estado que deberían haber coadyuvado el esfuerzo del Ejecutivo y de la lucha ciudadana para beneficio de los nicaragüenses? ¿Por qué las autoridades judiciales se tardan en dictar sentencia firme a los culpables? ¿Por qué algunos aparecían libres bajo la figura de extrañas y diversas enfermedades? ¿Por qué centran la discusión en el sitio en donde debe encarcelarse a los reos y no en su culpabilidad?
En distintas encuestas la fauna política de nuestro país ocupa un lamentable lugar en el aprecio del nicaragüense. Es apenas desamor correspondido, ya que los políticos no pueden mostrar mayor desinterés en el pueblo de Nicaragua.
La expresión concentrada de la fauna política nacional está en la Asamblea Nacional. Los diputados están tan ocupados en pisarse los callos con tal alarde de ilegalidad y vulgaridad que menosprecian el hecho de que las cámaras están captando sus gestos coléricos y los micrófonos sus gritos prepotentes, en un impúdico “reality show” —escenificado a veces hasta en sus hogares— que atenta no sólo en contra del decoro nacional, sino que de la gobernabilidad de Nicaragua.
Si nos ocupáramos en realizar una auditoría de las labores de estos poderes del Estado —como tenemos derecho— muchos de sus funcionarios quedarían aplazados en su cumplimiento, como lo están los del Consejo Supremo Electoral y pueden incluirse algunos de los contralores que hasta la vez hablan, encubren y no actúan.
Tras ese logro de la lucha anticorrupción del 2002 la sociedad civil se ha quedado inmóvil, como si correspondiera a alguien más pelear por sus derechos. La sociedad civil puede de nuevo unirse y protestar con una marcha para la destitución de quienes como servidores públicos no funcionan adecuadamente para los habitantes de Nicaragua. El dinero que reciben como pago no tiene la rentabilidad esperada. Podríamos exigirle al Ejecutivo que retenga el salario a los que no trabajen.
Las y los nicaragüenses estamos cansadas (os) de ser rehenes de una fauna política dañina a los intereses de los seres humanos que vivimos acá. Nuestras hijas e hijos tienen derecho a un país viable.
Pero están tan ensimismados en su urnita de cristal todos estos especímenes de la fauna política de Nicaragua, que no se fijan en que estamos en un año electoral y que pueden ser defenestrados de esos sitios preferenciales de las butacas públicas de la nación.
Las elecciones en España nos dan un ejemplo de cómo un pueblo puede reaccionar cuando está inconforme y hastiado de las políticas de los que ostentan los cargos públicos. Sacudamos el palo para que caigan las frutas podridas. Empecemos a escoger adecuadamente y exijamos que trabajen correctamente los poderes del Estado en beneficio del pueblo nicaragüense y no de sus amigos y correligionarios.
La autora es periodista.