Modelo educacional regresivo

Álvaro Taboada Terán

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Modelo educacional regresivo


Álvaro Taboada Terán




En Iberoamérica en general, sobre todo en los países menos desarrollados, domina un modelo de educación superior similar al del África sub-sahariana. En ambos continentes predominan sistemas educativos que han contribuido demasiado poco al desarrollo de los pueblos que, con enormes esfuerzos, los pagan y sostienen.

Ese modelo educativo e institucional en parte es una versión subdesarrollada del modelo europeo clásico, que hoy está sujeto en Europa a serios cambios para adecuarlo a los grandes retos modernos. He aquí algunos de los rasgos básicos del modelo latinoamericano: Educación superior estatal gratuita, de acceso irrestricto o con bajísimos requisitos; universidades numerosas, ideologizadas, normalmente autónomas, pero dominadas con frecuencia por círculos ideologizados y partidaristas. (En algunos países del Tercer Mundo, como Cuba, no existe autonomía, ni libertad de cátedra. Igual ocurrió en la Nicaragua sandinista). Dentro del esquema educativo ya señalado, las universidades estatales usualmente gozan de una supervisión muy indulgente en el manejo de los recursos públicos y en su calidad educacional.

Además de lo dicho, este sistema continúa inclinado hacia carreras tradicionales, en desmedro de las científico-técnicas, vitales para el desarrollo. Sus comunidades docentes están normalmente mal remuneradas, y con frecuencia mal entrenadas y mal equipadas. En tanto, una porción excesiva del presupuesto lo destinan dichas universidades a su sector administrativo; además, tienen agresivos sindicatos más atentos a sus intereses pecuniarios que al desarrollo institucional.

El sistema señalado ha logrado (con fines políticos) una masificación universitaria que no representa realmente la democratización de la enseñanza superior sino más bien provoca el malgasto de recursos vitales que podrían dirigirse a la enseñanza básica, media y técnica. (Cabe señalar que un estudiante universitario, independientemente de su origen social, forma parte de un grupo privilegiado, y le cuesta al pueblo (esto varía de país a país) de 7 a 15 o más veces de lo que le cuesta educar a un niño de primaria). El desbalance en la asignación de recursos perjudica a los sectores educativos mayoritarios, los viveros más valiosos y más productivos de recursos humanos. Si bien, en el lado positivo, el sistema de educación superior latinoamericano contempla un período de servicio social como deber de sus graduandos, dicho servicio ha sido muy poco efectivo en la práctica.

Como si todo lo dicho fuese poco, hay otros factores que elevan aún más los costos que paga el pueblo para mantener a universidades ineficientes. Entre esos factores están la enorme tasa de deserción (en muchas universidades públicas el 70 por ciento no se gradúa nunca) y también la gran proporción de repitentes. Por estas razones, está demostrado que existen universidades cuyos graduados le cuestan a sus respectivos países más de lo que les costaría graduarlos de buenas universidades en Estados Unidos o Europa. En resumen, el modelo mencionado es un reproductor del subdesarrollo, en nombre de una “democracia” educativa cada día más cuestionada.

El desastre de la educación superior ha forzado a algunos países iberoamericanos a tomar este asunto en serio. Brasil ya exige un examen a nivel nacional para todo graduado, sea de universidad pública o privada, lo cual evalúa tanto al graduado como a su universidad. Hay también un proyecto (que requerirá una enmienda constitucional) para asignar recursos a las universidades públicas de acuerdo a su rendimiento comprobable. Ello golpeará a la demagogia que invoca normas constitucionales (puramente politizadas e ideológicas) para dificultar la reforma del sistema, que sólo profundamente reformado se convertiría en factor de desarrollo.

En diversos países crece la convicción de que los fondos públicos educativos deben distribuirse en función de la calidad académica de los educadores, del rendimiento de los educandos, del currículum, del tipo de carreras ofrecidas y de la responsabilidad ante la sociedad. Y es que la selectividad por mérito produciría mejores universidades y mejores oportunidades para los que las necesiten y además, las merezcan. Tal han hecho países que vencieron al subdesarrollo, como Taiwan o Corea del Sur. Las opciones son claras para Iberoamérica: o toma un rumbo nuevo o prosigue su africanización, su declive comparativo en la arena global. El cambio (imperativo) todavía es posible si se le enfrenta con responsabilidad y firmeza.

El autor es Ph.D en estudios internacionales. Profesor de Ave María College.

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